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Cada día hago menos y soy más

Escocía

Tengo una fisura que me hace ver las estrellas de día. Un dolor tan grande que me hace recurrir a esta ensoñada frase. Miro mi váter altivamente cuando no tengo necesidad de él, y luego le pido perdón por mi soberbia, cuando frío y duro, aguanta mi estado de sumisión, pidiéndole que por favor me ayude a pasar rápido el mal trago, el mío metafórico, el suyo literal. No soy escatológica, pero necesito escribir de lo que me duele, y esto lo hace y mucho. Me estreñí en Escocia, “Vengo de Escocia escocía” decía, frase que me repito cada vez que el firmamento entero me acompaña al lavabo. Es el único mal menor que me he traído de allí. Pero entonces era un problema anecdótico no fisiológico. A esta dislexia la llamo yo predisposición: cuando uno quiere disfrutar, lo hace. Esa llovizna continua  aquí me fastidiaría, esos cortos días que dan paso al reclutamiento casero a la hora del café no los quiero para mi, ese sol tímido que no levanta cabeza me entristecería, y ese frío que cala me agarrotaría. Pero allí todo era perfecto, un cuadro en completa armonía. Brochazos de pintura que no podían ser de otra manera. Colores inventados para dibujar el paisaje escocés. Y todo dejo que me asombre, y disfruto, abriendo los pulmones a ese alo de sensaciones que me quiero traer, lo único que no tiene precio en un viaje, lo que realmente cuido cuando salgo fuera. Y es por eso que dormí no tan bien, reclutada en literas de 12, sumida en un concierto de ronquidos que parecían culminar en uno único y continuo. Mi rechazo al aburrimiento, me hacía recurrir a pensamientos que dispersaran lo ruin de la situación: 11 tíos y yo, en un cuarto de reducida dimensión, aglutinados como sardinas, compartiendo el mismo dióxido de carbono concentrado en tan calefactada habitación. El aire pesa, te aplasta contra la cama, pero alguno se levantaría si yo empezase de repente a gemir, idioma universal que seguro entenderían a la primera, acompañándolo de movimientos corporales sensualmente estudiados. Acabaría encendiendo la luz, y me despelotaría haciéndome la guiri borracha que sabe sin saber lo que se hace. Observaría entonces la reacción de cada uno de ellos, viendo como emigran repentinamente a una realidad que sus disfraces de  turistas que pagan por dormir en una habitación compartida no les da pie a imaginar: una tía con tetas y culo y aspecto contemplativo, permanece tumbada a sus pies, con la cabeza a la altura de sus genitales! Pero en aquel dormitorio ninguno sabe que existo. Me acuesto cuando ya duermen y me levanto antes que nadie. Me ducho, visto, acicalo, recojo y marcho todo en penumbra, con la duda de si acabo despertando a alguien, que con ganas de recobrar de nuevo el sueño, imagina, viéndome entre tinieblas, cosas que nunca pasarán. Pero acababa durmiendo, y me sentía acompañada, de eso no hay duda. Un nuevo día empezaba, una ciudad por descubrir, y una tarea matutina pendiente: hacer de vientre.

  
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