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Cada día hago menos y soy más

Pequeñas cosas que pasan

Una bata blanca con olor a mentol me acompaña hasta la habitación habilitada como sala de espera. El laberíntico pasillo que recorro hasta llegar es huella indeleble de los 2 pisos que tiempo atrás fue la actual consulta de dentista. Me adentro en su reformada estancia de cascados sofás que me evocan el tiempo que hace que no venía. Cojo asiento en uno de ellos mientras me rebota el silencio de un no correspondido saludo de buenas tardes de la única persona que allí se encuentra. Me incomoda. Clavada en el agrietado sillón, me alío con su confort y me relajo. Fijo entonces mi mirada en la que cree que lo cortés está en desuso, para decirle en silencio lo que pienso sobre sus escasos modales. Observo cómo observa lo que yo no miro hasta que el timbre de su móvil me substrae del encantamiento. Evito mirarla para dejar de escucharla. Me cuesta.

De fondo, el zumbido de abejorro de su voz al teléfono; en primer plano, mi voluntad de ensimismarme en algún quehacer que me separe de ella lo que disto de su persona. Como por inercia, me reclino a coger una de esas revistas que sólo me apetece mirar cuando estoy en el dentista, y la hojeo. Mi repaso insulso se detiene por un titular que dice: “Sordomuda consigue su sueño de ser modelo”. A medida que leo por encima lo que el reportero ha escrito hasta llenar las 2 hojas encomendadas, hago mi peculiar trascripción sobre lo que no se dice. Observo a la modelo cómo me mira a través del papel couché y cómo me da las buenas tardes con una cordial sonrisa. Está feliz y me lo contagia, decapitándome cualquier reflexión sobre su entusiasmo por ser arquetipo de belleza en una sociedad tan frívola. Entonces, y llevada por la presencia de la que ya me cae definitivamente mal,  me entra una paranoia que no quiero controlar: imagino que doy la vuelta a la revista vigorosamente, asiéndola bien fuerte por ambos extremos del artículo, y, poniéndome en pie, exhorto todo el fuego que sale por mi boca. Le recrimino a grito pelado cómo puede ser que alguien resulte cordial y agradable a través de una maldita foto y sin tener capacidad auditiva, ésa que tan bien sabe malgastar ella en panochadas telefónicas que no hacen más que ensordecer ( todo ello mientras le señalo la foto de la escultural chica y le salpico con mi baba por la misma excitación del momento). 


Termina de hablar y coge una de las revistas que, amontonadas en la mesita central, esperan ser inspiración de perturbaciones mentales. Yo deposito la mía dando por finalizada su inspiradora lectura. En ese momento, la misma mujer mentolada de antes, me llama por mi nombre para que acuda a mi segunda tortura de la tarde.

Ya levantada, y con un pie fuera de la sala, le digo con voz seria dirigiéndome a la cotorra:  

Hasta luego Lucas

Recorro el pasillo de vuelta sonriendo al imaginar su cara descompuesta. Recuerdo también la otra frase que se me quedó en el tintero, aquella que iba sobre las muelas y que también decía Chiquito, y entro del todo animada a otra de las habitaciones adaptadas para la consulta del dentista, esta vez para que me maten el nervio…

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