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Cada día hago menos y soy más

VISTA

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No sé escribir mas que con la tinta de la ilusión y ésta a veces no corre por la vena estilográfica, coagulándose en mi arteria existencial. Pero no hay trombo que pueda frenar la movilidad de mis debilidades. Bombear palabras acelera mi flujo vital y me hace sentir mejor. Debo seguir rehabilitándome.

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Sueño

Tengo que irme a dormir. Pregunto la hora y me dicen la misma de ayer. Sin sueño acato la orden, tomada como sugerencia, y me voy contenta. Agarro la almohada del cabezal como salvavidas y embuto mi diminuto cuerpo por el hueco que queda. Sin deshacer la cama consigo sumergirme bajo las apretadas sábanas arremetidas por los lados y me siento prisionera de los sueños que están por llegar. La falta de aire me hace salir a flote y tomar posición. Las prácticas de buceo dan paso al desfile militar. Irgo mis brazos a lo largo de mi cuerpo y estiro las piernas, convencida que así crecen más. La luz del techo permanecerá encendida por unos minutos, tiempo que dedico a la reflexión sobre el más allá. Y pienso en el año dos mil, y me veo como astronauta, médico o ejecutiva de alto nivel, y pienso en el hijo que algún día tendré al que enseñar todo lo que aún está por aprender, y en mi secreto, que para entonces empezará a evidenciarse: que soy inmortal.

Una voz adulta entra al cuarto y me besa. El despegue hacia tan ansiado estado catatónico empieza. Me induzco el sueño imaginando una espiral de colores que no para de girar y que sigo con los ojos cerrados.

En un chasquido de abrir y cerrar me despierto. Me rebozo en la cama hasta quedar presa por mis aplastados brazos. Permanezco inmóvil. El pelo cubre mi cara pero atino a ver por entre la cortina de mechones y comienzo a fisgar en tercera persona mi propia vida. Acierto a ver  objetos familiares pero diferentes a los que dejé. Y es que han pasado treinta años pero parece que fue ayer.

Empieza a amanecer.

Ruido

Tras mi presunción de inocencia, me responde con el silencio más sordo:

el de la ignorancia.

ver aquí texto que me han plagiado

Sigo siendo adicta a las casualidades.

Puede que le toque el viaje que sortean al mejor relato y decida compartirlo conmigo.

Sería el intrincado inicio de una nueva amistad.

 

 

Paula #2

Paula #2

Duerme. Tengo que aprovechar. Me siento frente al ordenador y recupero notas inconexas amontonadas virtualmente en mi escritorio pixelado. Revisarlas restará tiempo a la cuenta atrás marcada por su ensoñado reloj biológico. Fuera llueve y aquí hace frío. Desplazo mis sigilosos pies hasta la habitación contigua en la que duerme y me abrigo. Un relámpago acuchilla el silencio y paraliza mi paso. ¿Se habrá despertado? Me acerco con la cautela del que se asoma por un precipicio. Hoy tampoco podré escribir, pienso, mientras observo su angelical cara. Un trueno aún más estridente me compunge los músculos faciales. Permanezco frente a ella sin poder levantar mis talones de la baldosa No reprendo la marcha, sólo tengo prisa por hacer las cosas con tiempo.

La habitación se oscurece por completo y una nube negra se descarga contra la ventana. El goteo se acelera y la incesante lluvia repiquetea con una armonía que imprevisiblemente adormece. La lluvia mojando las calles barcelonesas ahogará las voces de los más secos.

Sin dar crédito el cielo comienza a abrirse en escasos segundos y un haz de luz decide entrar sin avisar. Sus ojos se entreabren sonrientes y mi cara se contagia.

Vuelvo a no tener tiempo para escribir pero lo hago.

Hace un estupendo día de lluvia soleado.

 

El mundo

El mundo

El domingo noche me acerqué a la librería Vips de Rambla Catalunya para despejarme de la lacra de este día y me tropecé con Laura y Julio. Estaban sentados en un estante y los ayudé a bajar impulsada por la ilusión de mi hallazgo. Mientras sacaba brillo a la contra cubierta como queriendo hacer las letras más inteligibles leí por entre mis dedos una pincelada de sus vidas. No dudé en marcar mis huellas en la brillante encuadernación de Booket el rato que estuviese por la tienda. Busqué entonces un ejemplar menos manoseado. Formas y palabras de otros libros se entrometieron en mi fallida búsqueda pero alimentaron un pensamiento que ahora recuerdo: Juan José Millás debería ser también Premio Planeta.

 

Si no fuese porque este pensamiento es compartido por muchos de los que leemos su obra empezaría a pensar que poseo poderes mentales ocultos en los que no creo.

Un mar de sensaciones

Llego tarde. Tropiezo con mis pies al pedir la llave de taquilla y el consentimiento de la de recepción me permite empujar la barra de paso hacia las instalaciones. El olor a cloro se intensifica al llegar al vestuario. Abro, desvisto, calzo, recalco y cierro. Se atasca el candado. Las prisas me vacilan y me siento. Suspiro. Me acerco al espejo para embutirme el gorro de látex. Hoy no hay tiempo para muecas. Recoloco la ropa y cierro por fin la puerta metálica. Desaparezco con los pies semidesnudos y diez minutos menos de clase.  Un arsenal de gorros flotantes se gira sonriente a mi llegada. ¡Yo ya he precalentado! Exclamo con la lengua fuera. Me remojo mis mofletes rojos bajo una ducha de agua fría. Alzo la vista y veo una hilera de hombres sudorosos haciendo bicicleta estática tras el cristal que nos separa. No entiendo la esclavitud a la que se someten pero también les sonrío: voy a pegarme un chapuzón a la salud de todos ellos. El gorro es un ingenuo antifaz que hace sea incapaz de reconocer las caras cuando van vestidas de calle. Somos las sin nombre, nos llamamos por el número de semanas o por el mes en el que va a nacer. Una de descomunal barriga me acerca un churro de espuma de más de metro y medio. Omito toda broma recurrente y me incorporo a la gimnasia acuática comenzada. A los brincos sucesivos con el churro entre las piernas le siguen brazadas de espalda con el churro oprimido contra el pecho. Al flote boca abajo con el churro de tablilla, el nado hacia delante con un pataleo escandaloso. Tiempo de descanso. Me ajusto mi artilugio a la nuca y  otro fálico flotador de igual proporción a las pantorrillas. Soy una hoja seca en una charca de verano. Oigo las voces de las compañeras distorsionadas bajo el agua. Mientras floto me desplazo. Permanezco liviana sobre el líquido que me abraza. Contemplo el cielo enmaderado. Un azul cegador entra a través de uno de sus ventanales. Cierro los ojos y miro a través de mis párpados claridades nuevas. Oigo mi respiración a través de mi cuerpo mientras mis oídos se taponan. Me estoy convirtiendo en burbuja mientras simulo estar relajándome. Entonces me dejo escurrir entre los flotadores y me sumerjo con religiosa suavidad. La caída es un baile de movimientos lentos y armoniosos. Las prisas desaparecen y los tropiezos se amortiguan. La brusquedad no existe. El ruido no molesta y los sonidos son el hilo musical que me acompaña. No tengo frío ni sensación de humedad. La línea que trazan mis contorneos se corrige con la misma corriente generada. Inhalo oxígeno sin respirar. Se está tan bien aquí abajo que no entiendo la evolución de los anfibios a reptiles ni el miedo a morir bajo el mar.

Un pitido agudo procedente de fuera recuerda que la clase ha terminado ya.

Salgo de la piscina arrastrando mis kilos reales y la experiencia vivida.

-Nos pensábamos que te habías ido ya. Dónde has estado todo este tiempo?

-Buceando en el mar de los recuerdos, con mi maestra, mi hija, a la que aún le quedan 4 meses de experiencia vital.  


Que los disfrutes Paula.

Pero sal cuando te toque, que aquí fuera verás que no se está tan mal.




Juan José Millás

Mi desmemoriada cabeza no quiere olvidarse de lo insignificantemente importante, por eso hoy, trascribo, volviendo así a recordar un relato del escritor Juan José Millás, memorable por su sencillez y poca pretensión en todo lo que ingeniosamente escribe. Está extraído del libro Cuentos de Adúlteros desorientados.

 

Con este regalo de prosa, saco las macetas al balcón para que las vea el vecino y fardo de unas flores que jamás planté yo pero que hice mías nada más regar.

Es una manera de conseguir que no se marchiten nunca.

Espero que os agrade tanto como a mí.

                                       El que jadea

                               por Juan José Millás

 

Descolgué el teléfono y escuché un jadeo venéreo otro lado de la línea.
      –¿Quién es? –pregunté.
      –Yo soy el que jadea –respondió una voz neutra, quizá algo cansada.
      Colgué, perplejo, y apareció mi mujer en la puerta del salón.
      –¿Quién era?
      –El que jadea –dije.
      –Habérmelo pasado.
      –¿Para qué?
      –No sé, me da pena. Para que se aliviara un poco.
      Continué leyendo el periódico y al poco volvió a sonar el aparato. Dejé que mi mujer se adelantara y sin despegar los ojos de las noticias de internacional, como si estuviera interesado en la alta política, la oí hablar con el psicópata.
      –No te importe –decía–, resopla todo lo que quieras, hijo. A mi no me das miedo. Si la gente fuera como tú, el mundo iría mejor. Al fin y al cabo, no matas, no atracas, no desfalcas. Y encima le das a ganar unas pesetas a la Telefónica. Otra cosa es que jadearas a costa del receptor. La semana pasada telefoneó un jadeador desde Nueva York a cobro revertido. Le dije que a cobro revertido le jadeara a su madre, hasta ahí podíamos llegar. Por cierto, que Madrid ya no tiene nada que envidiar a las grandes capitales del mundo en cuestión de jadeadores. Tú mismo eres tan profesional como uno americano. Enhorabuena, hijo.
      A continuación escuchó un poco sofocada dos o tres tandas de jadeos, y colgó con naturalidad. Yo intenté reprimirme, creo que cada uno puede hacer lo que le dé la gana, pero no pude. Me salió la bestia autoritaria que llevo dentro.
      –No me parece muy edificante la conversación que has tenido con ese degenerado, la verdad.
      Ella se asomó a la página de mi periódico y al ver las fotos de las amantes de Clinton por orden alfabético respondió que un lector de pornografía barata no era quién para meterse con un pobre jadeador que vivía con su madre paralítica, y cuyo único desahogo sexual era el jadeo telefónico.
      Me mordí la lengua para no discutir, porque era sábado y quería empezar bien el fin de semana. Pero el domingo, mientras mi mujer estaba en misa, telefoneó de nuevo el jadeador y le mandé a la mierda.
      –Se lo voy a contar a tu mujer –respondió en tono de amenaza–. Le voy a decir cómo tratas tú a la gente educada y te vas a enterar de lo que vale un peine.
      –Tampoco es para ponerse así –dije dando marcha atrás, no tenía ganas de líos domésticos–. Es que me has cogido en un mal momento. Discúlpame.
      –Está bien, está bien. ¿Y tu mujer?
      –Se ha ido a misa.
      –Dile que luego la llamo.
      Me quedé un rato pensativo. Desde pequeño, siempre había deseado jadear por teléfono, pero mis padres decían que era una cosa de enfermos mentales. Me he perdido lo mejor de la vida por escrúpulos morales, o por prejuicios culturales, no sé. Pero al ver aquella relación tan sana entre mi mujer y el jadeador pensé que no podía ser malo. Así que marqué un número al azar y me puse a jadear como un loco, intentando recuperar los años perdidos.
      –¿Quién es? –preguntó con cierta alarma una mujer cuya voz me resultó familiar.
      –Soy el jadeador –dije con naturalidad.
      –Espere, que le paso a mi marido.
      El marido resultó ser mi padre, nos reconocimos enseguida: inconscientemente, había marcado su número. Me dijo que ya sabían los dos que acabaría así y colgó. Luego llamaron a mi mujer y le contaron todo. Ella dice que quiere abandonarme, por psicópata, y me ha pedido que le firme unos papeles.
      –Jadear a tu propia madre. ¿Dónde se ha visto eso?
      Nunca acierto, sobre todo cuando imito a los demás para ponerme al día. Total, que ahora ya no puedo dejar de jadear, pero de angustia, aunque mis padres creen que lo hago por vicio.

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Voto de conciencia

No soy apolítica aunque tampoco partidista.

No soy objetiva aunque resulte imparcial.

Escucho callada cuando me dejan hablar

y escribo lo que quiero cuando oyen sin atender.

Asiento ante la diligencia del reconocimiento del error

y me refreno prudente ante un acierto con desazón.

Me desborda la cautela ante un vaticinio atroz:

Eterna reserva con lo más certero y

silencio absoluto ante la palabra dolor.

Hipocresía y honestidad, iguales bajo el mal uso.

Empatía versus inercia, también al gobernar.

   

Posturas infinitas ante las casualidades del destino y

una única, ante las fatalidades forjadas que se podían evitar:

          reclinada,

          con tristeza

                    y vacío.

Mucha suerte señor Mandamás.

A usted le tocará aprender de viejo

porque la oportunidad de alumno aventajado

no la supo aprovechar.

Y yo,

que atiendo callada cuando me dejan hablar

y escribo alto cuando me oyen sin escuchar,

Le exhorto que aprenda a disculparse

a todos por los que habló

Y recoja votos

            de conciencia,

retirado de la vida pública

y fuera de la privada

            de los que representó.

Tururú

Estoy borracha. Llevo una botella de cava en mi sangre. Siento una felicidad que ni el más potente ansiolítico podría proporcionarme. Todo es azul. Pero que bien me siento… Mi sexualidad la llevo por bandera, mis ganas de flotar no están porque ya lo estoy haciendo. Un esfuerzo supremo tengo que hacer para anclarme a la silla a escribir. Tengo la mirada perdida en el fondo de todo lo que observo. Lo de alrededor me hace pantalla, sus formas me provocan risa y disfruto. Me provoco frente al espejo con movimientos que a mi me parecen insinuantes. Me beso en el espejo del lavabo. Me reclino hacia atrás hasta hacerme daño en las lumbares.  Bailo al ritmo de cualquier canción, todas me están bien. Las lentas las acelero con movimientos pélvicos y a las rítmicas les hago dobletes con voces tan agudas que hasta a mí me ensordecen. Me sigo manoseando. Me río y sonrío. Hago un pis que me sabe a gloria. Me dormiría sentada en la taza pero tengo que bailar. Me voy a sudar lo que he bebido a ritmo del cha cha cha que retumba en mi cabeza con medio cuerpo desnudo y la cara recién mojá. Feliz año 2010….

Escocía

Tengo una fisura que me hace ver las estrellas de día. Un dolor tan grande que me hace recurrir a esta ensoñada frase. Miro mi váter altivamente cuando no tengo necesidad de él, y luego le pido perdón por mi soberbia, cuando frío y duro, aguanta mi estado de sumisión, pidiéndole que por favor me ayude a pasar rápido el mal trago, el mío metafórico, el suyo literal. No soy escatológica, pero necesito escribir de lo que me duele, y esto lo hace y mucho. Me estreñí en Escocia, “Vengo de Escocia escocía” decía, frase que me repito cada vez que el firmamento entero me acompaña al lavabo. Es el único mal menor que me he traído de allí. Pero entonces era un problema anecdótico no fisiológico. A esta dislexia la llamo yo predisposición: cuando uno quiere disfrutar, lo hace. Esa llovizna continua  aquí me fastidiaría, esos cortos días que dan paso al reclutamiento casero a la hora del café no los quiero para mi, ese sol tímido que no levanta cabeza me entristecería, y ese frío que cala me agarrotaría. Pero allí todo era perfecto, un cuadro en completa armonía. Brochazos de pintura que no podían ser de otra manera. Colores inventados para dibujar el paisaje escocés. Y todo dejo que me asombre, y disfruto, abriendo los pulmones a ese alo de sensaciones que me quiero traer, lo único que no tiene precio en un viaje, lo que realmente cuido cuando salgo fuera. Y es por eso que dormí no tan bien, reclutada en literas de 12, sumida en un concierto de ronquidos que parecían culminar en uno único y continuo. Mi rechazo al aburrimiento, me hacía recurrir a pensamientos que dispersaran lo ruin de la situación: 11 tíos y yo, en un cuarto de reducida dimensión, aglutinados como sardinas, compartiendo el mismo dióxido de carbono concentrado en tan calefactada habitación. El aire pesa, te aplasta contra la cama, pero alguno se levantaría si yo empezase de repente a gemir, idioma universal que seguro entenderían a la primera, acompañándolo de movimientos corporales sensualmente estudiados. Acabaría encendiendo la luz, y me despelotaría haciéndome la guiri borracha que sabe sin saber lo que se hace. Observaría entonces la reacción de cada uno de ellos, viendo como emigran repentinamente a una realidad que sus disfraces de  turistas que pagan por dormir en una habitación compartida no les da pie a imaginar: una tía con tetas y culo y aspecto contemplativo, permanece tumbada a sus pies, con la cabeza a la altura de sus genitales! Pero en aquel dormitorio ninguno sabe que existo. Me acuesto cuando ya duermen y me levanto antes que nadie. Me ducho, visto, acicalo, recojo y marcho todo en penumbra, con la duda de si acabo despertando a alguien, que con ganas de recobrar de nuevo el sueño, imagina, viéndome entre tinieblas, cosas que nunca pasarán. Pero acababa durmiendo, y me sentía acompañada, de eso no hay duda. Un nuevo día empezaba, una ciudad por descubrir, y una tarea matutina pendiente: hacer de vientre.

  

Escocia

10 euros cuesta subirse a una atracción de feria en la que unos arneses se sujetan a tus caderas y a tensas cuerdas elásticas que te propulsan como un tirachinas para que contemples mareado la ciudad durante los escasos segundos que dura la ingravidez del lanzamiento. 35 euros me ha costado subirme a otro invento con menos atracción, que vuela por encima de las nubes durante 3 horas y sin proporcionarme otro mareo que el de no perder detalle alguno de tan indescriptible paisaje:

volando voy

Mi querida Montserrat…

Barcelona a mis pies

 

Y a medida que toma altitud, la madre naturaleza se hace pequeña a mis pies, soy yo la que está por encima, y no me extraña que la fe cristiana mande al cielo a los buenos, porque esto realmente es divino…

 

minúscula ciudad

 

Imagino el movimiento de la ciudad, las prisas, los atascos, una mujer que llora, un anciano que fallece, una pareja que se desvirga , otros que ríen, otros que miran al cielo y se percatan de este avión y lo insignificante que se ve,  y todos ellos concentrados en un único punto de luz, como una estrella que modesta brilla perenne en el firmamento. Y miro hacia arriba, por encima del cielo, la mesosfera azul marino por no tener casi oxígeno y  veo a otro avión que se cruza, del tamaño de un mosquito, inapreciable. Qué pequeños somos con lo grande que nos creemos. Las congeladas gotas de la ventana me devuelven al avión. Estamos a menos 30 º de temperatura, un loco que abriera la compuerta y todos tiesos. Miro a mi alrededor, todos se ven normales, el que menos quizá yo por no ponerme a dormir o a leer.

(to be continued..)

 

http://www.flickr.com/photos/yolijolie/show/

 

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La convivencia no multipilica x 2

La convivencia: bendita palabra. Según la Real Acedemia, convivir es vivir con otros. Vivir con otros, y punto. Nada más que añadir. Tantos términos enmendados, y éste sigue inmutable en su definición con la cantidad de matices que conlleva a la práctica. Llevo dos años conviviendo, con el mismo, y diez de relación, con el mismo pero no con el único. He convivido más que vivido con él, y eso que los años dan para tocar toda las acepciones del verbo vivir, que de éste si que hay y muchas. Ayer montamos un armario en el pasillo. Volcarse juntos en un mismo proyecto de poca envergadura me exalta porque me da una felicidad momentánea que no consigo con los grandes planes de futuro. Lo doy todo en un principio y luego no me queda ni para propinas. En cambio con las pequeñas cosas el truco lo tengo pillado: darle  la importancia en su justa medida, eso es, no hacerlo grande si es pequeño, y a disfrutar. Siguiendo con la definición matemática de la Rae, bastaría con multiplicar por dos para obtener el resultado de esta ecuación de primer grado: la felicidad de vivir en pareja. Pero los algoritmos están presentes hasta en los problemas más banales que surgen de la nada, donde debieran permanecer siempre. Ayer me alegré de montar el armario de 2,35m por 3,50m con espaciosos altillos donde acumular lo que acabaré tirando. Me alegró aún más haber podido adaptar al hueco del pasillo el modelo PAX de IKEA porque me ahorro dinero que podré gastar en comprar otro armario donde seguir guardando cosas que no acabaré tirando por disponer de espacio. Me encanta el espacio porque carezco de él. Y manifiesté esta tonta alegría, y  a él se la contagié, y se rió y se sonrió y era feliz. Contentada con lo convivido, me animé a seguir haciendo cosas pequeñas con la finalidad última de compartirlas y poder multiplicar x 2.Me duché silbando bajo la ducha y lo invité a enjabonarse conmigo, me tiré fotos desnuda y lo reté a que hiciera de trípode con su parte más erguida si cabía, embadurné de crema mi cuerpo con sus manos mientras con las mias me masajeaba pies,tobillos,gemelos, una y otra vez, para resultarle simpaticona y sensual con mi calculada y provocadora postura.Y me metí en la cama, sientiendo el roce suave sobre mi piel comestible y mi acerqué por detrás buscando su boca para que rastreara todos los recovecos de mi cuerpo, pero se había dormido.

Trunqué mi alegría, multipliqué mi frustración y elevé a la cuarta mis ganas de consumir otro pequeño gran placer que se había forjado con tal despliegue de medios.Tuve que echar mano de mi otra mano para filtrar el placer medio compartido, y no desanimarme por ser negada en las matemáticas relacionales, simplemente tengo que dejar de creer en ellas.

Conversando con él

A punto ha estado de llevárselo la grúa. Ayer estuve parloteando hasta altas horas de la noche dentro del coche. Es el único sitio donde poder hablar tranquilamente con él. Debían ser las 2 cuando bloqueaba el volante y colocaba el hierro que lo inmoviliza. Es un artilugio más estético que otra cosa, pues hace poco me percaté que es posible conducir con eso puesto. Un frenazo manual en el semáforo de mi calle me hizo darme cuenta de que lo llevaba aún ensamblado al pedal central, que por comodidad es el escogido para tal fin, sin mayor criterio que éste para colocarlo.

El vaho se había apoderado de todo el habitáculo Me ensimismé viendo resbalar las gotas condensadas del cristal del parabrisas, siguiendo las carreras que mantenían, abriéndose camino cristal abajo efecto alud de nieve. Todo mi cuerpo perpetuado ante tal espectáculo, únicamente mi mano izquierda se alzaba para truncar alguna de estas carreras de fondo. El asiento parecía también mojado, aunque quizá solo estaba frío, no sé, pero todo hacía pensar que la conversación había sido larga. Ese día me había llamado tres veces, las mismas que descolgué el móvil. A veces ni tan solo contesto sus entrañables sms deseosos de buenos propósitos para mi, pero ayer hablamos más de lo debido. Le comenté sorprendida que hoy el destino se había puesto de nuestra parte haciendo coincidir nuestro tiempo libre para poder así gestar nuestras afables conversaciones. Pero ciertamente el motivo era que me sentía sola. De hecho el destino se había esfumado sin dejarme ningún propósito para el resto de la tarde y holgazaneé con móvil en mano esperando su llamada. –Buenas noches cocinilla, que usted lo guise bien- me dijo a modo de despedida. Y es que mi pasión por la cocina me hacía darle recetas nuevas de continuo, rescatadas del sitio mas insospechado. La última, risotto di champignon, de la puerta de un lavabo frecuentado por estudiantes de Erasmus.

Se marchaba contento a dormir las 4 horas que restaban para levantarse pero no le importaba.Yo me quedaba pensando en lo poco sincera que había sido con él, por no mostrarle, una noche más, mi abatimiento ante la vida, el no saber para donde tirar, camuflándome bajo mi estudiada sonrisa acompañada de escurridizos comentarios. Cómo me gustaría también poderlos frenar como hago con lo demás.

El bizcocho de limón cocinado de madrugada me subió más de la cuenta, podría haberse desinflado pero hoy mojado en el café con leche de la mañana se dejaba comer aunque me ha costado pasármelo más que en otra ocasión. Las prisas por mover el coche mal aparcado no ayudaban.

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