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Cada día hago menos y soy más

Hasta mañana

Platos fregados con la dureza del día que acaba. Un chorro de buenas intenciones los aclara. Migajas de lo que no pudo ser barridas por el tiempo perdido. Faena terminada. Cansinos pensamientos se estiran a lo largo del sofá. Rayos catódicos en la sala: sexo de prepago, noticias repetidas, telenovelas de bajo coste, refritos televisivos y uno que cocina para nadie. Imágenes todas teloneras de este mudo soliloquio que las ampara. Vente ahora. Abrázame fuerte sin decirme nada. No me dejes dormir si me ves soñando, ni me despiertes si es que ya descanso. Llévame a la cama. Quiero el frío de las sábanas en mis pies cansados.

Hasta mañana.

Chef 2000

Vivir a  media cocción me encrudece. Cocinar a fuego lento no sacia mi deseo express. Mi hambruna desfallecida ensaliva mis ganas de volver a comer, y entonces todo me está bien. El microondas se alía con la desidia y comienza a girar una pasión fingida que se enfría antes de llegar a mi boca. Echo de menos lo cocido tiempo atrás. Descongelo, pero mis sentidos se enlutan ante el bloque de hielo en el que se ha convertido. Congelar en el tiempo no conserva lo que echamos a perder. El tiempo pasa y mis anhelos se funden en el descongelador abierto. Qué vacío siento cuando tengo hambre y no sé de qué.  

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No sé escribir mas que con la tinta de la ilusión y ésta a veces no corre por la vena estilográfica, coagulándose en mi arteria existencial. Pero no hay trombo que pueda frenar la movilidad de mis debilidades. Bombear palabras acelera mi flujo vital y me hace sentir mejor. Debo seguir rehabilitándome.

MI tiempo

El tiempo es un embustero que mete prisa con plazos inventados, ridículas fechas señaladas en enclavados calendarios de gran tirada a finales de año. Los relojes aburren con su ancestral ritmo, escoltados por el tonto mecanismo que no tiene en cuenta que los días se acortan hasta casi desaparecer. El sueño nos invade cada tantas horas y hemos de sucumbir entonces a imbuirnos en un descanso dícese merecido que se traga nuestro momento vivido para regurgitarnos cuando el mentecato despertador se programó. Desafiarlo despierto se penaliza con un cansancio desmedido al que no puedes atender.

Quiero inventar otro tiempo que eternice los momentos placenteros hasta que no podamos más del gusto sentido. Quiero evaporar el tiempo que escuece y condensarlo en los momentos elegidos. Y es que ya me cansé de sus efectos terapéuticos que lo vanaglorian y de la esclavitud somatizada a la que nos tiene sometidos. Basta ya de esta farsa. Que es mi tiempo, hombre…

Underground

Un trozo de cielo negro comienza a deshacerse en mil pedazos sobre mí. El pelo de mi cabeza se cuartea en gruesos mechones que, asustados por el fortuito ataque, se abrazan a mi cara como un pulpo adherido a la presa que no quiere dejar escapar, dejando a la suerte de dios a unos pendientes que parecen pesar el doble. Las uñas rojas de unos pies encharcados me miran avergonzadas de su aspecto carnavalero en un día tan lúgubre y se esconden fugitivas como las pezuñas del gato montés que nunca tuve. Tengo frío. La camisa empapada moja mis permeables prendas interiores y me siento incómoda. En un gesto de compunción, cruzo mis brazos y cuelo mis manos bajo el escote hasta alcanzar a tocar una piel áspera y fría que agradece su calor. El trueno que estaba por llegar se deja oír ronco por la humedad que arrastra y marca el pistoletazo de salida. Echo a correr y  mi cuerpo, temeroso, me acompaña. Mi gesto es entre aturdido y alegre por las muecas que las molestosas gotas me hacen tomar. El aire va traspasando sin permiso mi ropa mojada envolviendo a su paso todas mis articulaciones como un tirante  y transparente celofán que quisiera empaquetarlas para ser transportadas con mayor compacidad. El bloque de hielo en el que me he convertido me comporta, sin embargo, una flexibilidad inesperada que me hace defenderme con soltura de la intermitente realidad que me golpea. De repente, uno de mis pies desaparece en un profundo charco de barro que se agazapaba bajo el mullido suelo, engullendo la parte posterior de mi chancleta. Mis festivas uñas, ahora enlutadas, piden auxilio. Haciendo contrapeso, intento desenterrarlo pero caigo de costado arrastrada por el peso de mi bolso engordado. Una temperada arcilla comienza a embadurnar de apoco mis derrumbadas piernas y calma las punzadas de la incesante agua vertical. Estoy sola. Con ahínco giro como puedo el medio tronco libre pero el cansancio se alía con mis embalsamadas extremidades y me rindo, cayendo precipitadamente de espaldas al barro. Me observo. Únicamente mi cara sobresale de la trampa que el destino había urdido para mí. El resto de mi cuerpo se apacigua bajo la calma del subsuelo.

Al poco deja de llover, y el cielo negro se abre con la soltura de un telón. Sobre el tablado un hombre con casco se asoma a mi campo de visión pero el cegador escenario sólo me deja perfilar su barriguda silueta. Me habla sin cesar, gesticulando con todo el cuerpo, pero lo escucho con la misma dificultad que si estuviera haciéndolo desde el final de un largo tubo por el que a la vez debiera observarlo con el mismo aprieto con el que miraría los hilos incandescentes de una bombilla. De repente se va con premura y me quedo sola. Me observo. Únicamente mi cara sobresale  y el resto de mi cuerpo se entumece, bajo la dureza del suelo.

Me he quedado cementada en medio de una obra.

 

Sueño

Tengo que irme a dormir. Pregunto la hora y me dicen la misma de ayer. Sin sueño acato la orden, tomada como sugerencia, y me voy contenta. Agarro la almohada del cabezal como salvavidas y embuto mi diminuto cuerpo por el hueco que queda. Sin deshacer la cama consigo sumergirme bajo las apretadas sábanas arremetidas por los lados y me siento prisionera de los sueños que están por llegar. La falta de aire me hace salir a flote y tomar posición. Las prácticas de buceo dan paso al desfile militar. Irgo mis brazos a lo largo de mi cuerpo y estiro las piernas, convencida que así crecen más. La luz del techo permanecerá encendida por unos minutos, tiempo que dedico a la reflexión sobre el más allá. Y pienso en el año dos mil, y me veo como astronauta, médico o ejecutiva de alto nivel, y pienso en el hijo que algún día tendré al que enseñar todo lo que aún está por aprender, y en mi secreto, que para entonces empezará a evidenciarse: que soy inmortal.

Una voz adulta entra al cuarto y me besa. El despegue hacia tan ansiado estado catatónico empieza. Me induzco el sueño imaginando una espiral de colores que no para de girar y que sigo con los ojos cerrados.

En un chasquido de abrir y cerrar me despierto. Me rebozo en la cama hasta quedar presa por mis aplastados brazos. Permanezco inmóvil. El pelo cubre mi cara pero atino a ver por entre la cortina de mechones y comienzo a fisgar en tercera persona mi propia vida. Acierto a ver  objetos familiares pero diferentes a los que dejé. Y es que han pasado treinta años pero parece que fue ayer.

Empieza a amanecer.

Vaya

Se me ha fastidiado de nuevo la bitácora. Lo bueno es que como casi no posteo puedo ir recuperándola en caché.

Lo no tan bueno es que quizá sea trabajo en vano pues lo próximo que haga será clausurarla definitivamente y dedicarme por completo a la programación en html.

Me voy a seguir con otros menesteres pero volveré a maquillarme frente al espejo pronto.

 

Cursor intensivo

Me refresco los pies desperezándolos en el suelo descalzo y las desprovistas chanclas tropiezan con el amasijo de cables de debajo de la mesa. En la mano, una cerveza suda el frío que me bebo. Frente a mí, el latido del cursor en la pantalla blanca quiere acompasarse con el segundero que oigo a mis espaldas y lo consigue en cinco de cada ocho parpadeos. Una gota se resbala por la cadera del espumoso botellín y se amista con otras dos para acelerar la huída hacia lo desconocido, pero se precipitan contra la comisura de mis dedos zurdos y mueren en la palma de mi mano. Las prisas del deshielo parecen contagiar al rezagado cursor negro que intermitentemente sigue en el empeño de sincronizarse con el reloj de pared. Finalmente consigue ocupar un sexagesimal vagón más en el tren del tiempo. O eso creo yo.

Me desencanto. Con un doble clic de ratón inmovilizo la diminuta barra vertical y extiendo mis manos en el teclado. Las yemas comienzan a acariciar cada una de las teclas para las que fueron programadas. Las palabras que se atreven a salir musicalizan el ambiente con un suave repiqueteo, el mismo de la lluvia que apenas moja al caer. Me paro. La intermitencia de la barra espaciadora vuelve a protagonizar mi pensamiento, y la voluntad de mis ojos en querer agilizar su pestañeo acelera mi pulso. Echo un trago largo y saboreo arrítmicamente.

Así no hay manera de escribir

Su-dando un paseo

Empujo el carro cuesta arriba. El calor se resbala por mis espinillas. Nunca he sabido si sudar por las piernas es atípico. En el gimnasio, siempre mojaba el maillot por tres puntos muy concretos: ingles, pecho y bajo las rodillas, mientras que la mayoría lo hacía por el bigote o las axilas, incluso por la nariz y las cejas, y esta diferencia me desquiciaba. Cuando nos doblábamos por la mitad colgadas como jamones de las espalderas, el deseo de transpirar lo menos posible se convertía en un pensamiento que me acompañaba durante todo el ejercicio. Buscaba la perfección en la contorsión de mi cuerpo con la absurda ilusión de acabar sudando por los sobacos. Luego, al comprobar frente al espejo el afloro de mis exclusivos puntos de sudoración, mi semblante se tornaba serio. Estuve más de diez años luchando contra mi sistema sudoríparo y casi los mismos recibiendo felicitaciones de la profesora por la ejecución exitosa de las tablas de gimnasia. En una ocasión, le pregunté distentidadamente si podía ayudarme con mi atormentada duda, a lo que ella señaló, sin titubeos, que una acuciada hiperlaxitud de mis músculos y una ligera escoliosis descompensada, adquiridas de un tiempo para acá, eran las causantes. La gimnasia- me dijo- te ayudará a corregirte posturalmente.

Al poco dejé de ir. Había perdido motivación.

 

 

De repente veo aproximarse a un hombre que no me quita ojo. Palpo el escote para calibrar su apertura y acelero el paso. En la carrera, husmeo una pestilente olor procedente de la rueda delantera izquierda. Dedico una cara bien fea a uno que me adelanta arrastrado por su rottweiler. Comento la jugada a la Paula a modo de desahogo mientras ella se distrae con la minúscula etiqueta de su peluche.

 

Llegamos al estanco. Está a punto de cerrar, y en la entrada, una chica cargada de mecheros promocionales me pregunta si fumo. Mi naturaleza más poseedora me hace dudar y acabo por contestarle con un no poco convincente. Me acerco a la estanquera que permanece sentada tras la vitrina de las quinielas. Envío un fax. El sol entra por los agujeros de la persiana medio bajada. Las motas de polvo que a trasluz flotan delante de mis narices arrastran mis ojos por toda la expendeduría sin llegar a mirar nada.

Un chico renace bajo la celosía y franquea la puerta respondiendo a la perenne comercial con un , que fuma de todo lo habido y por haber pero que no quiere mandingas de mecheros ni historias. Lo escucho con un asombro disimulado y me repito a mí misma: "No los quiere ni regalados". En seguida ensalzo su personalidad guiada por esta apreciación. Estoy delante de un hombre de aquellos que pertenecen a la estirpe más sincera de la especie, con aplomo y sin doble fondo. Me gusta sentir estas cualidades pegadas a mi espalda y respirarlas en los escasos metros cuadrados de la tienda, y me gusta notar cuan de rápido trabaja mi intuición en el rastreo de lo verdaderamente esencial.

 

Se aproxima a donde yo estoy y se planta a mi lado. Me mira y yo le sonrío a modo de saludo, a lo que él achica los ojos y retuerce la nariz. Sin acabar de entender su expresión le remarco mi sonrisa. Finalmente me corresponde y sin dejar de mirarme exclama:

-¡Cómo huele a mierda aquí!-

Se queda más ancho que largo y yo doy por clausurado mi silencioso homenaje.

Muevo el carro como un cangrejo que busca sepultarse bajo la arena. El sudor cae por mi frente y mis axilas.

 

La estanquera me cobra 4 euros por 3 hojas.

 

Ya son las 2.

De cine

Un monumental falo me penetra el esfínter y un gustoso dolor brota de mi garganta en forma de palabras guarras. El olor a sexo me ablanda las piernas y me despeina. Lo estoy haciendo muy bien. El anzuelo de su pulgar en mi desgastada boca me enloquece y mi lengua busca chuparlo con los ojos mojados. Estoy mareada de tanto gemir. Mi piel, maleada por sus manos y el deseo, aplastado contra su tieso taladro que engullo sin aliento de una vez. Llaman a la puerta. Me pongo de pie, me cruzo la bata y voy hasta el recibidor descalza. A tientas echo la llave y vuelvo al sofá. Pesco el mando y cambio a La 2. Un Punset clarividente me habla del sol y las estrellas.

He dejado de ser una joven prostituta en una orgía brasileña.

El calor me ablanda los dedos y me acelera, y mi entrepierna elástica se sintoniza.

Tripanosomiasis

Apenas sé quien eres pero lo que ignoro de ti me lo imagino y me gusta.

Te recuerdo cuando estoy sentada dando de mamar, andando por la calle, a punto de llorar, y me alegras tanto sin ni siquiera saber cómo eres que me atemoriza el conocerte. Comparto contigo lo que grito en silencio y alimentas mi afonía con la miel de tus palabras. Pareja conyugal, amigo de parranda, compañero laboral; hermano de sangre, amante virtuoso, vecino de la comunidad; blogger comprometido, desconocido del metro, ex compañero de facultad. En todas las formas que imagino recordarte te quiero. Fantaseo con decírtelo pero es un movimiento en falso en esta realidad tan mía.

Me guarido en tu cerebro y reposo mis ideas. Soy feliz así. Te noto triste cuando tus letras exactas se resbalan por las frases que yo misma me dedico cuando te reencuentro, e intento inyectarte mi admiración bajo un breve comentario. Sigo tu pista con los ojos cerrados, las manos en el teclado y los pies en el suelo. En el tren, en la cama, o a la hora del café.

Dedicado a ti que me lees.

Ruido

Tras mi presunción de inocencia, me responde con el silencio más sordo:

el de la ignorancia.

ver aquí texto que me han plagiado

Sigo siendo adicta a las casualidades.

Puede que le toque el viaje que sortean al mejor relato y decida compartirlo conmigo.

Sería el intrincado inicio de una nueva amistad.

 

 

Paula

Paula

Existir cobra sentido cuando huelo la vida en tu piel, oigo tu virgen respiración de inhalaciones profundas con la aparente conciencia de que la vida te va en ello. El tiempo pasa productivo por tu cuerpo que cambia a una velocidad increíble. Retratarte es un burdo intento de atestar lo que dentro de ti se está cociendo y te fotografío con mis aturdidos ojos que nada se quieren perder. Te veo observar los insulsos objetos que te rodean con la vehemencia del que analiza un gran hallazgo y me enseñas a volver a mirar lo que nunca había observado, notando la dulzura de tu mirada en todo lo contemplado por ti. Tus balbuceos me traen el sonido de tu voz y me entusiasma pensar que significan todo lo que aún no consigo entender, y te respondo con un mal plagiado lenguaje y una enorme sonrisa de manual. Perdóname. Mis fallidos intentos por fluir la comunicación toman protagonismo cuando no consigo calmar tus desalmados llantos. Llamo entonces a la madre naturaleza, y, si hay cobertura en la red, me vuelve a recordar lo que tanto me cuesta hacer: dejar la teoría en los libros y creer en el instinto, el mismo que me dice que ahora tienes que comer.

Hasta ahora pitufina.

 

Post perteneciente a enero  de 2008. Por error lo he traspapelado cibernéticamente y solo sé ordenar lo escrito en papel. Los comentarios tan preciados por mí se han borrado. Si alguien puede echarme un cable se lo agradecería. yolithebest@hotmail.com

Debería ir pensando en cambiar el nombre de mi correo al que poco honores hago...

 

 

 

Paula #2

Paula #2

Duerme. Tengo que aprovechar. Me siento frente al ordenador y recupero notas inconexas amontonadas virtualmente en mi escritorio pixelado. Revisarlas restará tiempo a la cuenta atrás marcada por su ensoñado reloj biológico. Fuera llueve y aquí hace frío. Desplazo mis sigilosos pies hasta la habitación contigua en la que duerme y me abrigo. Un relámpago acuchilla el silencio y paraliza mi paso. ¿Se habrá despertado? Me acerco con la cautela del que se asoma por un precipicio. Hoy tampoco podré escribir, pienso, mientras observo su angelical cara. Un trueno aún más estridente me compunge los músculos faciales. Permanezco frente a ella sin poder levantar mis talones de la baldosa No reprendo la marcha, sólo tengo prisa por hacer las cosas con tiempo.

La habitación se oscurece por completo y una nube negra se descarga contra la ventana. El goteo se acelera y la incesante lluvia repiquetea con una armonía que imprevisiblemente adormece. La lluvia mojando las calles barcelonesas ahogará las voces de los más secos.

Sin dar crédito el cielo comienza a abrirse en escasos segundos y un haz de luz decide entrar sin avisar. Sus ojos se entreabren sonrientes y mi cara se contagia.

Vuelvo a no tener tiempo para escribir pero lo hago.

Hace un estupendo día de lluvia soleado.

 

En el bus

Me acerco a la parada de bus con el sigilo de quien entra a un cuarto en el que duermen. No quiero que me dejen asiento por estar embarazada y tras mi aproximación cautelosa permanezco de pie tras la marquesina. A los pocos minutos empiezo a tomar conciencia de la rigidez de mi cuello: un abultado bolso recién estrenado tira de mi trapecio izquierdo sin compasión. Lo quiero grande- le decía a la vendedora de la tienda. Me lo probaba y acto seguido exclamaba- ¡Buf, Pero qué grande que es! Es que no estoy acostumbrada y claro, no me sé ver…. ¿Otro como éste de grande, me lo podría enseñar?


Últimamente mis compras responden a la voluntad de cubrir las necesidades más abstractas de mi inminente maternidad, entendida como un desdoblamiento de mi persona que requiere ser abastecida con objetos que me resultan totalmente imprescindibles y que quizá nunca llegue a usar. Paula es alguien a quien nunca antes ví y que siento conocer de siempre.

Mientras busco la tarjeta de bus repaso a tientas estas cosas todavía innecesarias: una libreta de despejadas hojas donde anotar cosas que tengan que ver con ella, un bolígrafo escogido bajo el criterio de su imaginado gusto, colonia de fragancia fresca que intuyo le agradará, llavero de suave tacto al que gustará estrujar, y un sinfín de artilugios más que ocupan sin vacilar mi, cada vez más pequeño, bolso nuevo.


Desde la parada una voz masculina me llama:

-¡Yolanda, ven y siéntate!

-¡Hombre Pedro!, ¿qué tal? No,no, de veras estoy bien así, gracias.

-Es una orden, Yolanda. Íker- exclama a su hijo que a duras penas puede sentarse por la carteraza que lleva colgando de la espalda. En su caso es doblamiento de persona y es del todo literal. Me sonrío por el juego de palabras que se da en mi aburrida espera mientras su padre le ordena que me deje sitio. El niño obediente se echa hacia un lado sin quitar la vista de la consola y mi bolso y yo nos sentamos. Nos tiene a los dos acojonaos con tanta orden, pienso, sin dejar de sonreír. Mis divagaciones simplonas me mantienen callada y decido romper el silencio con poco acierto:


-Pero que grande que está. ¿Cuánto tiempo tiene?

Tiene ya 6 años. Es de los más bajitos de su clase- me sentencia, percatándome de la incongruencia de mi cuestión. Decido callarme hasta nueva orden, y me vuelvo a sonreír por la estupidez que llevo en mi cabeza, por lo visto aumentada todo lo que el niño no ha crecido, me digo, asombrándome de la facilidad con la que la tontería se sigue apoderando de mí.

-¡Hacemos una buena media!- le exclamo sin saber.-Quiero decir que…- intento pensar en décimas lo que ya no tiene sentido-todo lo que tú te has adelgazado lo he ganado yo! Es que me he puesto enorme.

Le acabo de recordar que aún me acuerdo de lo que él desea olvidar, acompañado de una sonrisa que no me cabría ni en mi bolso nuevo.


Por fin viene el autobús y como era de prever nos dispone a su hijo y a mí en los asientos pertinentes. Una antigua compañera de clase me reconoce y me saluda por mi nombre. Yo no atino con el suyo, y decido remontar mi desventaja sin arriesgar:

-Qué tal, muchacha!,¿al cole?-le interpelo mirando a un pequeño que se agarra de su brazo.

-Sí, lo llevo a  l’Escalada. Me pilla más lejos que el Lola Anglada, pero es que nuestro antiguo colegio ya no es lo que era. ¿Y tú que estás, embarazada?

-No…-le responde Pedro con una ceja medio arqueada.


La nueva interlocutora presenta síntomas de idiotez similares a los míos y eso me tranquiliza. Pedro ya puede asociarlo a algo propio de una edad, un estado, o, por qué no, unos estudios básicos impartidos en cierto centro. Pero poco dura su hipotético trabajo de campo porque la madre-amiga de la infancia se baja en la siguiente y mi conocido y yo volvemos a quedarnos solos.


El sol de las 3 entra por una de las ventanas y relaja todos mis músculos faciales. El traqueteo del bus nos mece a Paula y a mí y decidimos relajarnos lo que queda de trayecto. Estamos a gusto pese a tener a un metro al que manipula nuestra mente y nos hace decir tonterías que poco tienen que ver con la reflexiva conversación que mi desdoblado ser y yo llevábamos antes de llegar a la parada.

-¿Estás bien, Yolanda?

¿Será esta línea de bus lo que atonta a las personas?

-Sí, sí, estoy bien, Pedro, de fábula aquí con el solecito este que entra. ¿Y tú?


Me explica entonces los problemas que conlleva la escasez de tiempo en la paternidad y lo escucho sin interrupción desde mi soleado asiento.

-Como en diez minutos para poderlo acompañar hasta la escuela. Vamos en autobús porque lo quiero escuchar sin tener que estar por nada más. Intento sacar tiempo de donde no lo hay porque sé que luego es tarde para recuperar lo perdido y no puede haber mayor castigo que ese.  


Llegados a su destino, pone en pie a su hijo mientras le sustrae el videojuego de sus entrenados pulgares y le obliga a darme un beso de despedida. Aún con la suavidad de su fresca mejilla en la mía y el recuerdo vivo de la conmovedora declaración de su padre, soy protagonista de algo del todo desconcertante: sus grandes manos agarran mi cara para plantarme un eterno beso en mis comprimidas mejillas, pero un frenazo improvisto hace que su desprevenido gesto acabe sobre mis estrujados labios.


Agarro mi socorrida libreta nueva para darle un uso del todo inesperado, y comienzo a escribir lo que ahora trascribo.

El mundo

El mundo

El domingo noche me acerqué a la librería Vips de Rambla Catalunya para despejarme de la lacra de este día y me tropecé con Laura y Julio. Estaban sentados en un estante y los ayudé a bajar impulsada por la ilusión de mi hallazgo. Mientras sacaba brillo a la contra cubierta como queriendo hacer las letras más inteligibles leí por entre mis dedos una pincelada de sus vidas. No dudé en marcar mis huellas en la brillante encuadernación de Booket el rato que estuviese por la tienda. Busqué entonces un ejemplar menos manoseado. Formas y palabras de otros libros se entrometieron en mi fallida búsqueda pero alimentaron un pensamiento que ahora recuerdo: Juan José Millás debería ser también Premio Planeta.

 

Si no fuese porque este pensamiento es compartido por muchos de los que leemos su obra empezaría a pensar que poseo poderes mentales ocultos en los que no creo.

Érase una vez

Érase una vez

Érase una vez una niña que no podía dejar de embobarse en cada pared blanca que veía, a cada agujero negro al que se asomaba. Un día, y llevada por la curiosidad de espiar en lo prohibido, decidió acercarse al lado más oscuro de su persona. Entonces, y como si lo hubiese hecho cientos de veces, se sentó en la silla de su cuarto frente a la pared de estuco lisa, dejando su mente en blanco y sin pensar absolutamente en nada. Así perduró hasta que sus piernas y brazos decidieron coger impulso para levantarse y salir de la habitación. Al poco, y como si de un acto reflejo se tratase, volvió de nuevo a coger asiento, fijando su mirada sin importar dónde pero con la misma sensación de antes: la de no pensar nada.

Los días sucedieron, y su habilidad de abstracción fue madurando. Conseguía abismarse con la velocidad del rayo, en el metro, por la calle, de pie o caminando, en la ducha o comiendo, escuchando y hablando. Hasta en los sueños se coló su vicio incontrolado, despojándola del disfrute de imaginar. Una mañana mientras se cepillaba los dientes observó frente al espejo cómo se escurrían sus orejas y mejillas. Una masa gris gelatinosa se abría paso desde su frente por entre los surcos de su cara, arrastrando las formas que en ella encontraba. Sus manos y su cuello se fueron deshaciendo a medida que la masa cogía terreno. A su paso, la estrecha cintura y sus cortas piernas se soldaron más que nunca en una única pieza sin forma definida. Todo su cuerpo se escurrió hasta desvanecer en el suelo del lavabo. Entonces reclinó como pudo su cabeza deforme y observó con terror que su cerebro ya no estaba, habitando en su lugar un abismal agujero negro. Su imagen reflejada en el espejo le permitió mirar a través del negruzco túnel y con pavorosa curiosidad pudo ver al fondo de la oquedad el suelo blanquecino y liso del lavabo. Entonces y como sucedía cientos de veces la ensimismación más temida se apoderó de ella, abstrayéndola de todo, para bien o para mal.

Las formas de su cuerpo, licuadas por la abrasividad de su cerebro, permanecerían por tiempo desperdigadas.

Con los años dibujarían la silueta de una preciosa mujer, sombra de la que pudo haber sido y no fue, por sufrir la pena de niña de no poder imaginar ni pensar nada.

7 meses

7 meses

Estoy muy cansá. El aire me pesa, sentada, de pie y recostá. Las palabras se hermandan, y se amontan para salir en un mismo suspiro para que me cueste menos hablar: Ay… yesquenopueomás. Mis pies doloridos soportan los 15 quilos de más. Mi esqueleto enmudecido me reclama calcio por piedad y mis glóbulos rojos se quejan del saqueo que sufren por aquí y por allá. Andan ligeros de equipaje por el poco oxígeno en sangre y el hierro recetado en pastillas es como el sexo que se alquila, un triste sucedáneo de lo natural, que te deja al poco de su dosis, con la misma necesidad. El esófago protagoniza las veladas sin igual. La acidez se camufla con bochornosa timidez bajo alimentos tan normales como el pan o la miel. Y tengo sed, mucha sed, y bebo agua pero siempre antes de las diez pues lo ingerido antes de acostarme siempre ha de salir antes de levantarme. Y los viajes al lavabo, una y otra vez, me recuerdan que mis pies doloridos no pueden con los 15 quilos de más y que el aire me pesa, sentada, de pie y recostá.

Adicta por casualidad

Soy adicta a las casualidades. Cuando nada parece depender de ellas el devenir de mi existencia se torna gris. El amplio abanico de la elección sacudido por la mano del deber no ventila mi vida y la responsabilidad de lo escogido pesa como el calor sin refrigerar. La visión de un solo camino entristece, y deambularlo sin mirar a los lados me amortece. Dejar que interseccionen las alternativas bajo el trazo del azar hace que la línea recta de mi día se desdoble en inesperadas formas geométricas. Entonces vivo lo que no iba a ser y reinvento lo que debía de ser.

Me gustan las casualidades y engancharme a ellas. No confesarles nunca fidelidad, y retarlas bajo una libertad rescatada de la obligación incumplida. Despojarme de la superstición, la mala suerte, la corazonada, el acierto, la organización, la  coherencia y la previsión, y recorrer el sinuoso destino con el sentir como único equipaje de mano.

Un mar de sensaciones

Llego tarde. Tropiezo con mis pies al pedir la llave de taquilla y el consentimiento de la de recepción me permite empujar la barra de paso hacia las instalaciones. El olor a cloro se intensifica al llegar al vestuario. Abro, desvisto, calzo, recalco y cierro. Se atasca el candado. Las prisas me vacilan y me siento. Suspiro. Me acerco al espejo para embutirme el gorro de látex. Hoy no hay tiempo para muecas. Recoloco la ropa y cierro por fin la puerta metálica. Desaparezco con los pies semidesnudos y diez minutos menos de clase.  Un arsenal de gorros flotantes se gira sonriente a mi llegada. ¡Yo ya he precalentado! Exclamo con la lengua fuera. Me remojo mis mofletes rojos bajo una ducha de agua fría. Alzo la vista y veo una hilera de hombres sudorosos haciendo bicicleta estática tras el cristal que nos separa. No entiendo la esclavitud a la que se someten pero también les sonrío: voy a pegarme un chapuzón a la salud de todos ellos. El gorro es un ingenuo antifaz que hace sea incapaz de reconocer las caras cuando van vestidas de calle. Somos las sin nombre, nos llamamos por el número de semanas o por el mes en el que va a nacer. Una de descomunal barriga me acerca un churro de espuma de más de metro y medio. Omito toda broma recurrente y me incorporo a la gimnasia acuática comenzada. A los brincos sucesivos con el churro entre las piernas le siguen brazadas de espalda con el churro oprimido contra el pecho. Al flote boca abajo con el churro de tablilla, el nado hacia delante con un pataleo escandaloso. Tiempo de descanso. Me ajusto mi artilugio a la nuca y  otro fálico flotador de igual proporción a las pantorrillas. Soy una hoja seca en una charca de verano. Oigo las voces de las compañeras distorsionadas bajo el agua. Mientras floto me desplazo. Permanezco liviana sobre el líquido que me abraza. Contemplo el cielo enmaderado. Un azul cegador entra a través de uno de sus ventanales. Cierro los ojos y miro a través de mis párpados claridades nuevas. Oigo mi respiración a través de mi cuerpo mientras mis oídos se taponan. Me estoy convirtiendo en burbuja mientras simulo estar relajándome. Entonces me dejo escurrir entre los flotadores y me sumerjo con religiosa suavidad. La caída es un baile de movimientos lentos y armoniosos. Las prisas desaparecen y los tropiezos se amortiguan. La brusquedad no existe. El ruido no molesta y los sonidos son el hilo musical que me acompaña. No tengo frío ni sensación de humedad. La línea que trazan mis contorneos se corrige con la misma corriente generada. Inhalo oxígeno sin respirar. Se está tan bien aquí abajo que no entiendo la evolución de los anfibios a reptiles ni el miedo a morir bajo el mar.

Un pitido agudo procedente de fuera recuerda que la clase ha terminado ya.

Salgo de la piscina arrastrando mis kilos reales y la experiencia vivida.

-Nos pensábamos que te habías ido ya. Dónde has estado todo este tiempo?

-Buceando en el mar de los recuerdos, con mi maestra, mi hija, a la que aún le quedan 4 meses de experiencia vital.  


Que los disfrutes Paula.

Pero sal cuando te toque, que aquí fuera verás que no se está tan mal.