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Obra bajo licencia de Creative Commons.
© Yolanda Montesinos L., 2007.
Se muestran los artículos pertenecientes al tema TACTO.
Apenas sé quien eres pero lo que ignoro de ti me lo imagino y me gusta.
Te recuerdo cuando estoy sentada dando de mamar, andando por la calle, a punto de llorar, y me alegras tanto sin ni siquiera saber cómo eres que me atemoriza el conocerte. Comparto contigo lo que grito en silencio y alimentas mi afonía con la miel de tus palabras. Pareja conyugal, amigo de parranda, compañero laboral; hermano de sangre, amante virtuoso, vecino de la comunidad; blogger comprometido, desconocido del metro, ex compañero de facultad. En todas las formas que imagino recordarte te quiero. Fantaseo con decírtelo pero es un movimiento en falso en esta realidad tan mía.
Me guarido en tu cerebro y reposo mis ideas. Soy feliz así. Te noto triste cuando tus letras exactas se resbalan por las frases que yo misma me dedico cuando te reencuentro, e intento inyectarte mi admiración bajo un breve comentario. Sigo tu pista con los ojos cerrados, las manos en el teclado y los pies en el suelo. En el tren, en la cama, o a la hora del café.
Dedicado a ti que me lees.

Existir cobra sentido cuando huelo la vida en tu piel, oigo tu virgen respiración de inhalaciones profundas con la aparente conciencia de que la vida te va en ello. El tiempo pasa productivo por tu cuerpo que cambia a una velocidad increíble. Retratarte es un burdo intento de atestar lo que dentro de ti se está cociendo y te fotografío con mis aturdidos ojos que nada se quieren perder. Te veo observar los insulsos objetos que te rodean con la vehemencia del que analiza un gran hallazgo y me enseñas a volver a mirar lo que nunca había observado, notando la dulzura de tu mirada en todo lo contemplado por ti. Tus balbuceos me traen el sonido de tu voz y me entusiasma pensar que significan todo lo que aún no consigo entender, y te respondo con un mal plagiado lenguaje y una enorme sonrisa de manual. Perdóname. Mis fallidos intentos por fluir la comunicación toman protagonismo cuando no consigo calmar tus desalmados llantos. Llamo entonces a la madre naturaleza, y, si hay cobertura en la red, me vuelve a recordar lo que tanto me cuesta hacer: dejar la teoría en los libros y creer en el instinto, el mismo que me dice que ahora tienes que comer.
Hasta ahora pitufina.
Post perteneciente a enero de 2008. Por error lo he traspapelado cibernéticamente y solo sé ordenar lo escrito en papel. Los comentarios tan preciados por mí se han borrado. Si alguien puede echarme un cable se lo agradecería. yolithebest@hotmail.com
Debería ir pensando en cambiar el nombre de mi correo al que poco honores hago...
Soy adicta a las casualidades. Cuando nada parece depender de ellas el devenir de mi existencia se torna gris. El amplio abanico de la elección sacudido por la mano del deber no ventila mi vida y la responsabilidad de lo escogido pesa como el calor sin refrigerar. La visión de un solo camino entristece, y deambularlo sin mirar a los lados me amortece. Dejar que interseccionen las alternativas bajo el trazo del azar hace que la línea recta de mi día se desdoble en inesperadas formas geométricas. Entonces vivo lo que no iba a ser y reinvento lo que debía de ser.
Me gustan las casualidades y engancharme a ellas. No confesarles nunca fidelidad, y retarlas bajo una libertad rescatada de la obligación incumplida. Despojarme de la superstición, la mala suerte, la corazonada, el acierto, la organización, la coherencia y la previsión, y recorrer el sinuoso destino con el sentir como único equipaje de mano.
Amo la delicadeza de unas palabras acertadas, con la conciencia de que pueden caer en saco vacío, con el respeto de que pueden marcar un destino.
Amo el silencio de un gesto afectuoso, con la inquietud de ser comienzo de algo distinto, final de lo que siempre es lo mismo.
Amo la mirada descarada del bebé que no sabe aún de reglas sociales, la pureza de sus gritos en una sala de espera, en una biblioteca sin ruido.
Amo el tacto del cojín que soportó el desgarro del desespero, el sueño reparador, la asfixia de la ignorancia o una reconciliación; el del jersey que me pongo, impregnado de la suerte del examen de aquella lección, del calor de la fría clase teórica que de nada me sirvió.
Amo los trabajos que buscan personas prescindibles sin la categoría de auxiliar y de justa remuneración.
El buen hacer de alguien vestido con la carrocería de su coche, su buena educación.
Amo el respeto, la ignorancia, la conciencia, el amor.
Amo el humor, por ser flotador en un mar de angustia, calma del bravío dolor.
Amo tantas cosas
de las que no hago mención
que espero, rabiosas,
se atolondren por protagonizar este día
y lo bañen de ilusión.

Y entonces comenzamos a charlar. Alternamos los tiempos de manera harmoniosa y entonación musicada, dándonos el testigo para hablar con un silencio acolchado por interjecciones cálidas. Los timbres de nuestras voces se asemejan tanto que se diría se trata de una única persona que improvisa sin titubeos un diálogo para sí. No hay más prisa en terminar que la que queramos simular. No hay mayor intención en empezar que la de conjugar nuestros ritmos, asentar nuestras almas, nivelar nuestras defensas.
Sí, es toda una terapia. No nos decimos nada nuevo pero hablamos con tal exclusividad que colgamos sorprendidas por la novedad de las confesiones de siempre. Omitimos el ruido para escuchar el farfullo de nuestras voces con la atención de quien no acaba de sintonizar su emisora preferida. Y hablamos pausadas de ilusiones compartidas, reteniendo la alegría súbita para obtener mayor gozo cuando se den, y dejando que vayan mientras calando en cada una de nosotras. Y envolvemos de cariño las palabras de aflicción para menguar su punzada y echarlas a la saca de dolores en proceso de conversión.
Y nos contentamos. Y es tan plena la felicidad conseguida que no podemos más que volvernos a llamar una y mil veces más.
Y es que necesito reír. Cuando estoy sola no dejo de hacerlo, a expensas de que algún vecino se haga una idea equivocada de mí. Cuando algo me preocupa, una mueca se dibuja en mi cara, desafiando la gravedad de los músculos faciales que se empeñan en arrugar mi barbilla. Cuando algo quiero aprender, sonrío como pidiendo tiempo a lo que no acabo de entender. Los nervios son los aliados por antonomasia de mis carcajadas, primas hermanas de mi risa y hermanas de sangre de mi alegría, esa que a veces me abandona dejando sin amiga de patio a la sonrisa, que perpleja se pinta como de costumbre en mi cara. Pero como guiada por la sinrazón, y antes de que mi expresión se humedezca por gotas de desesperanza, vuelve como se fue, secando mis ojos con algodones de tranquilidad, iluminando mis encías para prepararlas a escena, y haciéndome reír con la misma naturalidad de su existencia. Entonces el absurdo de la tristeza desmedida, de la preocupación excesiva, de la pena pasada, se evapora, dejando tras de sí un vapor que abrillanta mis ojos y humedece mis labios que se estiran sonrientes lo que dan de sí.
Me ha encantado este paseo iniciado en noviembre del 2006 por un camino deambulado desde siempre pero no escrito hasta entonces. Volveré a recorrerlo, esta vez de vuelta y recordando la sonrisa que en él se queda grabada.
Agradezco los ojos que siguieron su lectura. Nunca pensé que interactuar con otras almas fuera tan enriquecedor.
Muchas gracias a todos.
Yolijolie.
Me estoy convertido en la obra catatónica de una hormona gigante que se va haciendo conmigo poco a poco con el disimulo de un carterista que te roba en plena calle. No me queda otra que sucumbir a sus deseos retorcidos y transformistas, con frustración la vez que estoy más lúcida, y con esperanza de que acabe pronto cuando estoy más invadida. Me resignaría totalmente a esta metamorfosis en cuerpo y alma si yo no fuese hija de mi madre, así que no desfallezco en el intento, y ando haciendo resets a cada dolor de cabeza que la noche deja atrás y a cada mareo nauseabundo que se desvanece como vino bajo las órdenes de la naturaleza más savia y caprichosa. Algunas conocedoras me recuerdan que esto no ha hecho más que empezar. Otras me atormentan con que podría ser peor, y otras me animan recordándome que hay embarazos mejor. Entonces pienso en ti, en el eterno abandonado. Mi aliento por soportar el increíble malestar es nimio comparado al tuyo por querer vivir. Sin saber, estás ahí, y sin dudar, continúas estando, con una abismal faena por hacer en un tiempo limitado. Cuánto siento no poder hacerte mas que de cojín. Pero te prometo que pese a no ser tan milagroso como tú, seguiré quitándole hierro a todo cuanto acontezca y me entregaré a lo que sea menester con tal de facilitarte en lo más mínimo tu incesante apuesta de crecer cada día un milímetro. Y ahora me voy, que demasiado tiempo me ha dejado estar frente al ordenador: tu compañera de faena, la gigantesca hormona que todo lo arrasa, ya está picando por todas las puertas de mi cuerpo. Si necesitas algo solo tienes que decírmelo, que al igual que te escribo también te puedo escuchar. Hasta ahora. Seguimos en con-tacto.

Tengo un mareo continuo, similar al de viajar por mar.
Se me tuercen las letras que escribo y las que leo, aún más.
Mi flujo sanguíneo circula con exceso de velocidad,
y a su paso martillea mis sienes, queriéndolas eclosionar.
Me molesta la luz en los ojos y las lumbares al caminar.
Estreno número en la báscula y hábitos alimenticios, de poca toxicidad.
Mi cuerpo en plana ebullición deja de ser el de días atrás.
Y mi mente cavilosa, intenta seguirle sin dudar.
Y tengo sueño, mucho sueño,
y sueños, muchos sueños.
Eres Tú,
que me absorbes la energía sin pedir permiso,
instalado en mi bajo vientre sin avisar.
Pero sigue, no te cortes, estate el tiempo que quieras,
que tus organizadas tareas no dejen de funcionar.
Bienvenido/a:
mi casa, es la tuya.
El lavabo, al fondo a la derecha.
La cocina, donde tiene que estar.
El mando de la tele entre los cojines
y mi corazón
muy cerca del tuyo,
bombeando sin parar.

Continuamente me enamoro de ti. Salgo de casa y en el rellano concentro mi despistada atención en la luz que entra por su pequeño ventanal, y pienso en ti.
Ya metida en el ascensor soy tapiada a intervalos constantes. Sigo la numeración descendiente de las diferentes plantas con suma seriedad: estoy siendo transportada a los cimientos de la vida. Tengo la opción de abandonar el proyecto pulsando tan solo un botón y huyendo por una de las repetitivas puertas que en mi descenso dejo tras de mí. Pero soy una enviada especial para tan increíble tarea, y tú estás detrás de toda esta ilusión.
En la planta baja el suelo mojado me deslumbra y me paraliza en seco. La señora que lo ha fregado me desentumece invitándome a pasar por él sin temor: las huellas de mis zapatos son la contraseña de salida del edificio.
Pasado mi registro, saludo en la distancia a Román, que puntual abre su peluquería y me corresponde con una sonrisa extraordinaria. A mi paso de espía elevo la mirada y compruebo que el del primero ya está fumando. Diría que no ha dormido porque conserva la misma pose que cuando crucé el portal la noche anterior.
Y es que todos me esperan. Son la torre de control, vigilan en la distancia mis cercanos movimientos, revisan con naturalidad que todo esté bien, se cercioran que el abrigo de una mala noche se pierda en un guardarropía prendado de buenas intenciones y me vista con lo que me sienta mejor. Todos son delegados por ti.
Esquivo el pelotazo de un niño, y te veo en su mirada de disculpa. Le voceo “Ronaldinho!” y su padre sale desde donde no lo veía y se sonríe. Me habla de que su crío es zurdo en el fútbol, “siniestro total” le puntualizo entre risas, y le sigo escuchando hablar de sus habilidades con la izquierda como si fuera lo más extraordinario del mundo mientras enmudecida me digo que estos son los detalles que luego me harán recordarte, sentirte diferente y quererte ver una vez más.
Alcanzo el coche y su desnivelado equilibrio me delata el pinchazo de una rueda. Tiene un navajazo que no me desgarra. Mi bolsillo se entristece pero le recuerdo que podría haber sido peor. Mi reloj me mira de reojo y le recuerdo, mientras me lo quito para maniobrar mejor, que no tenga más prisa que la que me tenga que tomar. Revivo el esguince en mi pierna derecha, mi poca fuerza en los brazos, la debilidad de mis uñas, y, alguno que pasa, mi ropa interior. Encajo la nueva, manipulo el maletero, lo cierro y me monto. Ya sentada frente al volante me envuelves con tu omnipresencia. Te respiro con la luna bajada, te escucho en forma de noticiero de radio. Me sintonizo la música que conocida o no, me deja prendada de ti. A qué mas pruebas me someterás hoy, vil... y me contestas cegándome con un rayo de sol que traviesa sin permiso el parabrisas, porque sabes cuánto me gusta..
Y es que siempre eres tan diferente a los demás.... que no puedo mas que estar continuamente enamorándome de ti.
Dedicado a este nuevo día que hoy también me acompaña, día que para algunos por ser 19 es diferente, y para otros nos resulta una anécdota numérica de su extraordinaria existencia. Y dedicado a mi padre, porque en sus brazos siempre rejuvenezco, por días que pasen en mi vida.
Estoy inquieta. No consigo concentrarme en ningún quehacer de obligado cumplimiento. El pijama me acompaña, me encantaría que lo hiciera para el resto del día pero para suerte suya, en breve deberé relacionarme socialmente con un hombre de bata blanca que perfora muelas, uno de bata azul que arregla grifos, una de calzado cómodo que vende zapatos, y otra de rasgos parecidos a los míos que hace comidas ricas en tiempo récord. Apuraré antes de encomendarme a estas obligadas tareas hasta llegar tarde, alguna posiblemente la encubriré bajo una estúpida excusa y la pospondré para pasado mañana y entonces me sobrará tiempo para seguir inquieta pero volveré a bañarme de pensamientos como el de ahora hasta demorarme en la siguiente tarea y volveré a llegar tarde para entretener mi mente con la prisa y no en el tiempo de espera. Me he cortado por tercera vez las uñas de las manos. Inaudito para alguien que siempre se las mordía. Sólo me está quedando el vicio de pensar, contemplar lo que muchos omiten, lo que otros restan importancia, y lo que a otros tantos les resulta ridículo. El día que deje de garabatear aquí, será porque también me he quitado de este último vicio y quizá lo reemplace por el de observar en silencio, sin dejar que se pierdan los detalles que en la trascripción que ahora hago obviamente no puedo mas que dejarlos en el camino, escondidos bajo las palabras que se quedaron por salir, llorando, por mi imperfecto, por discriminatorio, cerebro. Entonces intentaría escuchar a un mudo, ver como un ciego, oír lo de un sordo e imaginar con mis escasos recursos, sintiendo lacónica, sin borrar con la tinta de la escritura. Mientras escribo, una canción se me repite y me intranquiliza aún más porque me resulta tortuosa, siendo infantil: Un elefante se balanceaba sobre la tela de una araña como veía que resistía fue a buscar a otro camarada. Dos elefantes se balanceaban sobre la tela de una araña como veían que resistían fueron a buscar a otro camarada. Tres elefantes se balanceaban sobre la tela de una araña como veían que resistían fueron a buscar a otro camarada. Cuatro elefantes se balanceaban… Quiero cambiarla y me cuesta, pero me obligaré a hacerlo, guillotinaré mis pensamientos que libres dejo que fluyan, y me impondré un orden ficticio que hoy mi cabeza debería ayudarme a imaginarlo, por que lo necesito y eso debería bastarle. Dudo de colgar esto, pero lo haré. Lo que antes me avergonzaría hacer, ahora lo hago y me hace sentir mejor. Como lo es para el sordo, escuchar. Aunque a mí me pueda resultar ensordecedor lo que a veces tengo que oír, para él, que nunca pudo hacerlo, es todo un logro, y es, bajo mi punto de vista, de admirar.Cada uno que evolucione como lo sienta y que note que crece en su hacer. Había una vez un barquito chiquitito,
había una vez un barquito chiquitito,
que no sabia, que no podía, que no podía navegar,
pasaron un, dos, tres,
cuatro, cinco, seis semanas,
pasaron un, dos, tres,
cuatro, cinco, seis semanas,
y aquel barquito y aquel barquito
y aquel barquito navegó.
Cómo pesa este día. Si no fuera porque está numerado diría que es como el de ayer. No me gustan los comienzos de año, ni tampoco los de mes. No me gusta empezar semanas si no continuar los días sin catalogar. Reniego la imposición de pensar que el día arranca cuando me levanto, y no cuando me despierto que puede ser al anochecer. Tengo la costumbre ancestral de no dormir la noche del domingo y descansar poco si debo madrugar, porque mi nocturnidad es viperina y me entristece perderla en invernar.
Me gustaba trabajar de contable porque no tenía que fichar y este detalle me hacía llegar más o menos puntual. Mi responsabilidad la demostraba de la única forma que sé, intentando hacer el trabajo encomendado sin ceñirme estricta al minutero ni dejar la mesa recogida aparentando un orden que con el de mi cabeza nada tenía que ver.
Ahora estoy cara a cara frente al abismo de un reloj que no me marca las horas, pero me indica que el tiempo pasa, y que algo tengo que hacer. Es la costumbre, o es lo que debe de ser, no sé. Lo importante es sentirse dueño de tu propio tiempo por estresado que a veces estés. Difícil, puede ser, pero proponérselo proporciona el gran placer de no sentir que vendes los minutos que generosamente se dedican de continuo a otro menester.
Qué bonita es la luna también por el día.
No hay especialista que me gradúe la poca vista que tengo para engañarte. Cuando acierto del pie que cojeas entonces echo a correr sin muleta alguna, y de la presura tropiezo y la faena luego es mía, para convencerte de que no fue nada. Es un impulso prestado pues me lo acabas quitando. Mirando el poso del café espero paciente sentada poder hablarte sin aturullo pero acabo ensimismadamente sola, pensando contigo por ti. Y cuando me acuesto sin ganas te apetece que te escuche. Entonces me haces encender la luz, o dejar la lectura, incorporarme en la cama o esconderme en ella. Levantarme suspirando por el desaliento brindado, y no me dejas tranquila hasta verme llorar. Me haces repasar fotografías del recuerdo reveladas a tu antojo. Permanezco desvelada así hasta que me dejas ir a retomar el sueño que aún no encaucé, sabiendo que por lo pronto, ya no será como lo imaginé.
Miles de tesis sobre tus virtudes, y me compadezco del que te confíe las suyas. La medida del estrés que proporcionas, desmesurada de nada me sirve; la lucidez sin acierto, es un martirio sin nombre; un engaño hacerme creer que algo está en mi mano cuando en la tuya lo dejé. Luego te refugias en tu cueva, tras la cara que tengo que dar por ti. Te excuso con mentiras que tu me ayudas a confeccionar torpemente, poniendo tics en mis gestos, colores en mis mejillas, lágrimas en mis ojos cuando ya nadie ve. Eres listo en lo sutil, pero dudo si lo haces por mi bien. Fuiste concebido para problemas que se inventan y no para los que siempre están. Eres perezoso con lo que quiero aprender pero te grabaste los siete pecados capitales como días de la semana en calendario. Me haces ser correcta, hermetizarme ante el dolor, sentirme sola en compañía del amor. Pero te pillaré despistado, olvidaré hacer del pasado mi presente, y del presente un futuro. El pasado es un trascrito y el presente lo que ahora digo. El futuro un artificio para nublarme las formas verbales que ahora utilizo. Empiezo a entenderlo, volveré para explicártelo, por si quieres escucharme. Y cuando me quieras hacer ver que todo lo que te susurro es una martingala, repasaré lo que ahora escribo, para que leas con mis ojos prestados, lo que mis oídos quieren escuchar y tu no les dices jamás.
Rodearme de gente en la gran ciudad me hace cosmopolita. Los propósitos que no me hice a comienzos de año invento repasarlos caminando a paso firme. No me compadezco de las hormigas que a mi paso degollo, y que en el campo me asustan. La gran ciudad huele a actividad, a frenetismo y a yoquesé. El campo me abstrae, me inunda de valores que yo ya tenía pero ralentizándolos con olor a vaca. Llevo el lastre de la no modernidad a mis espaldas, de la no aspiración a malvivir con éxito, del retiro antes de tiempo y eso, si no me mata, me disfraza de mejor persona pues dejo de lado toda la mierda que se come con cuchillo en la ciudad para degustar con las manos el más rico caviar en mi buena compañía. En la ciudad miro al suelo para pasar y repasar, y al cielo con desespero por un suelo sin consuelo. En el campo al cielo lo admiro y dejo de hacerlo cuando cabizbaja me retraigo porque algo va mal. Entonces pienso en volver, para curarme las heridas que se parecen a las tuyas, y alegrarme de nuevo por las curas de yodo compartidas: una hipoteca más barata, un trabajo mejor remunerado, un super nuevo en mi barrio, y otro canal autonómico sintonizado.
Pero la frivolidad con que me veo no me ayuda para nada y volver al campo de nuevo buscando la diferencia puede enterrarme en vida en un ecosistema que así no respeto.
Vivir conmigo y en mí, y todos los demás y demás, me estarán bien. Andar por la calle observando los grandes detalles, saber que bajo el cimiento hay también tierra y sobre las parabólicas un mismo cielo azul; que el hombre que pasta ovejas tiene horario de 8 a 3 y el mismo dilema, o no, por llegar a fin de mes. Y las alegrías y las penas, las de carne y cliché, son las mismas en ambos sitios, solo dependerá de quién es quién en un mismo entorno que nos ve crecer disfrazados de campesinos o urbanitas.
Olvidaste recordar que olvidabas recordar. Anotas en hojas sueltas que luego pierdes sin advertir su falta. Garabateas tu mano con palabras clave que más tarde no asociarás. Bebes agua fría mientras piensas qué fuiste a la nevera a buscar.
| Tu aspecto inmejorable y tu sonrisa jovial, poco dicen de tu mente demacrada que lucha por llegar a entender lo que no te cuesta escuchar. Cuánto mal nos hace a veces, mirar atrás, pero cuánto más no poderlo hacer jamás. Vivir sin recuerdos, hacer sin pensar, un carpediem malévolo que te atrapa sin preguntar. Huellas que se borran antes de pisar. El tiempo es un invento, para los demás. La soledad contigo mismo perdió todo sentido, ajeno a todo te miras sin reconocer las arrugas del ayer.
Y soñaste que recordabas: visitas amigas acudían bañadas de melancolía, disculpándose por aquel malentendido llorando con su viejo amigo. Y venían nuevas caras futuros compañeros de vida y riendo sugerías volver a hacer lo mismo que la última vez.
Pero al despertar te percatas que todo fue una ilusión. Que tu pesadilla, el Alzheimer, sigue dándote prisión. |
Mi lengua, pegada al paladar, apuntalando la boca que se quiere cerrar. Tapones de látex metidos en mis oídos para escuchar lo que callo. Miro mis manos hasta reconocerlas. Muevo los dedos de pianista que no saben tocar y los empuño todos a una. Mis nudillos sobresalen, partes de mi cuerpo famélicas que siguen su propio metabolismo. Extiendo las manos con las palmas hacia mí y repaso las líneas de la vida, pliegues que buscan hacerme única antes de nacer. Acompaño mis manos con los brazos en alto hasta alcanzar mi cara. Acaricio las marcas de la almohada que me han visto dormir. Éstas duran menos que las tostadas del desayuno pero son presagio del día que empieza. Pero se van, hasta las de una noche imborrable. Y repaso otras arrugas, las que compiten contra el tiempo y sufren la antipatía del que no quiere envejecer. Con el bálsamo de mis dedos leo mi cara y mis ojos la recuerdan. Permanezco así buen tiempo, hasta notar en mis pies el agua de la ducha, ya caliente. Entonces doy un paso al frente para alistarme al chapuzón que refrescará mis ideas. Sin cambiar de gesto riego mi cabeza y se abren rieras por entre los dedos. Lucho contra el ahogo controlado, tomando el aire evaporado por la boca llena de agua como cascada termal. Mis huellas se arrugan, su tacto se asperea con el roce de mi piel, solo las gotas se deslizan con suavidad por mi cara, cuello y espalda. Calco mis ancianas manos en la pared baldosada. Mis hombros permeabilizan el calor y se queman. El vaho sale de mi cuerpo y reblandece mis labios y abrillanta mis ojos. Y es tal el gozo, que experimento el deseo de cambiar lo que no se ve: mi metamorfosis vuelta catarsis. Arrugarme por dentro para aprender lo de vieja, notar el rescoldo del agua en mi destemplado momento, maleabilidad en mis decisiones y frescura en mis gestos, como el pelo mojado sin arreglar. Que un amor apasionado me emulsione mis cortados labios de invierno hasta quemarme.
Lavar mi conciencia, templar mi conducta. Desnudarme ante mi y dejar que me resbale todo, con la cara relajada y las manos abiertas.
Un portátil de banda ancha. Entonces la eterna pregunta sobre qué me llevaría a una isla desierta debería puntualizarse: a una isla, desierta por poco tiempo. Con Internet todo es posible de cambiar. No quiero escribir lo que ya está escrito sobre él, pero quiero recordarme que puede llegar a serlo todo. Todo. Cuatro cosas contadas sabemos de la materia gris de la que estamos formados. Un milagro de la naturaleza con el que el hombre inventa lo imaginado y se recrea en lo extraordinario: que se le escape de las manos algo que hizo con ellas. La era terciaria, la era cuaternaria y la era Internaria. Quiero ser pitonisa, predicar lo que ahora parece irreal y que luego será irrisorio. La sociedad conocida como tal se extinguirá. La gente desarrollará falanges largas y ágiles, mutaremos a tener un dedo más por mano. Los ojos se achicaran, y los problemas de hipermetropía se erradicarán. Desarrollaremos callosidad en el culo, ya no será lo primero que miremos del sexo opuesto, y la espalda de nuevo se curvará, por lo menos la de mis descendientes. Los cinco sentidos serán dos: la vista y el oído. El tacto será don de unos pocos. Fisiológicamente la evolución nos adaptará a vivir frente a la pantalla. El caos inicial se reglará mediante la madre naturaleza y su hermana la tecnológica, fusionadas para ser una. Romperemos con lo que ya no convence como lo hacemos con la pareja que ya no funciona. Adiós a la televisión por cable, por tierra y por aire, a la impuesta globalización, a los injustos Tribunales de Justicia, a los estamentos de relleno y su representación sin representados, a los principios sin fines, a la democracia sin nombres, a los desacreditados profesionales con carrera, al marketing, la publicidad y la sutileza rimbombante: a la opacidad de lo que está claro. La manipulación será una anécdota del pasado y la democracia no será un mero artículo de la Constitución. El diccionario adoptará acepciones nuevas de palabras viejas: subir, colgar, bajar… y se dará paso a un idioma universal, fruto de la necesidad de comunicación global sin fronteras. Entonces las minorías serán enormes, y los grandes se harán pequeños. Los problemas de verdad agitarán la tierra con un nueve en la escala de Richter, bajo el terremoto que los ha hecho crecer: Internet.
Bienvenido mes de diciembre. Eres el último porque el calendario cristiano así lo quiso. Cuando pienso en el tiempo y cómo en él se van escribiendo los acontecimientos fantaseo con cambiarlo. Desearía poder saltar, moverme por él como por el espacio, conseguir el avión que haga volar los minutos en el hospital y eternizar las horas de pasión caminando con él. No me cabe más que utilizar mi materia gris para despistar la cronología del tiempo, para creerme que solo cabe cerrar los ojos y respirar hondo para convertir una noche de vigilia en un reparador descanso y apretar fuerte la mano que te ayuda para sentir que lo hace eternamente. El tiempo me da a cambio lo que necesito para cicatrizar heridas, esas que no se cerrarían si lo manipulase a mi antojo. Y me pregunto cuánto tiempo viviría si pudiera recortar el que me entorpece, y cuánto aprendería si todo el que dejo es de disfrute y alegría. La respuesta sólo la tiene él, ingrediente base de todas las historias que se van enclavando en su puntual minutero. Pero no me limita, no me impone, no me obliga. Se deja escribir, olvidar, prefiere ser vivido a mirado, y lo sé porque lentece subjetivamente sus manecillas cuando aburrido nos parece, y cobran vida cuando desearíamos tenerlo en más cantidad. Pero en silencio, cuando todos duermen y yo estoy despierta, me guiña el ojo, y me dice que hoy, y por ser yo, me va a regalar esos minutos que di por perdidos esperando lo que nunca llegó, y se queda conmigo dándome paz y tranquilidad, ayudándome a hacer eternos minutos de 60 segundos.

Me enseñan lo que podría aprender con libros, y lo que no está escrito lo tengo que aprender por mi cuenta. Vivir es estar vivo. Algunos pocos conservan esta definición de la vida y aparecen en documentales como algo curioso y excepcional cuando somos nosotros, los primermundistas y los que se mueren de pobreza en el intento, los que realmente somos de observar. Las matemáticas: 4/2 = 2. y 4000000/ 2000000 también = 2. Hasta ahí daría por bueno todos los avances en tecnología, ciencia, y cultura del bienestar. Pero el quebrado no sigue las proporciones. Algo falla. Qué les pasa a las mentes del mundo civilizado. Soy respetuosa con lo que me respeta y con lo que no, intento entender porqué pero me cuesta: la contaminación acústica es molesta, y tengo que hacer un laberinto para comprender qué está pasando por la cabeza del que en una retención se arma a pegar bocinazos. A mi no me resulta sencillo entender que está cansado y que por eso se altera. No quiero construir excusas estúpidas con argumentos de peso. Pero el atasco avanza y el ruido se aleja, y yo abro la saca y echo en ella otra incongruencia más con la que me toca vivir. El denominador se engorda y toca inflar el numerador con cosas inútiles. Los números rojos de mi contabilidad no se reflejan en el balance de las empresas del mundo. Su beneficio no contempla mis pérdidas, no me asesoran, no satisfacen mis necesidades vitales también de consumo. Pero no pasa nada porque no me ponen una soga al cuello, verlos como un pequeño colmado de barrio está en mi mano, y rehúyo de sus estrategias y optimizo sus adelantos. Recordar que me puedo mover a una velocidad que mis pies no alcanzan o conseguir pan y agua potable con un pequeño gesto, me aplacan frente al capullo del coche que me ensordece con su estridente ruido. Y cuando llego a casa, pulso un botón y aparecen imágenes de gentes incivilizadas a kms de distancia, con una lanza en la mano y un gesto tranquilo en su cara. Me miran. Yo les sonrío. Y me siento cercana estando tan lejos.
En la universidad de la vida, hoy han vuelto a contarme algo que no entra a examen pero que debo estudiar para darme mi aprobado, ese que no tiene nota pero que me satisface más que el sobresaliente académico.
Qué miedo perderse en los entresijos de la mente. Me cuestiono qué es lo realmente incuestionable en mi vida y qué hay de incierto en las afirmaciones que hago y que no cuestiono. Doy la vuelta a palabras eternas: Siempre, Nunca. Reviso la que más utilizo: Sentir. Pienso en la que más me aflige: Dolor. Agito la coctelera, extraigo ideas y sigo pensando: tengo argumentos para casi todo. Este “casi” se tiñe del color del día y se cuarta por la palabra Amor. Me obligo a pensar: el amor es una palabra que no utilizo y que no pienso. Escribirla me abruma. Como argumento no me vale. Pienso que no me gusta y me asusto. Qué hay de absoluto en todo lo que se escribe con ella, por qué tiene tantos detractores y tantos seguidores. Podríamos diferenciar la sociedad entre estos dos grupos y dejar lo de hombre/mujer como una anécdota sexista más del pasado. Imagino los grupos que conformarían esta inventada clasificación. Detractores: personas desquiciadas, reservadas y/o calculadoras, que descartan ver películas románticas, el color rosa y las novelas de Corín Tellado. Seguidores: personas sensibles, cursis y/o bohemias con gusto por el arte en general, fáciles de disuadir, con sentimientos de culpa que alternan con el de hacer sentir culpable. Sería divertido saber quién, de estos dos grupos, tiene mayor índice de analfabetización mundial, mayor longevidad, menor estatura media y mayor capacidad para el lenguaje, y cuál es el que tiene mayor capacidad de orientación, más masa muscular y es menor en número de población mundial. Pero no, caeríamos en ver, qué porcentaje de hombres y mujeres hay a cada lado de la balanza. Recuerdo una frase: el hombre, el peor enemigo del hombre. Y es verdad. Anda mira, algo que parece incuestionable. Pero voy a ir más allá y voy a pensar que somos aburridos, sólo eso, que nos tomamos la vida en serio, pero solo aparentemente y eso además de aburrido es triste, muy triste, porque cada 3 segundos muere un niño de hambre en el mundo y eso si que es incuestionablemente muy serio y triste. Vuelvo a pensar en la clasificación hombre/mujer. Es evidente que en un gran porcentaje (quiero pensar que es incuestionable) el tamaño de los genitales nos diferencia entre unos y otros. Algo tangible, mesurable: ideal para la rápida clasificación. Qué pena entonces que saquemos punta cuando el lápiz es de minas. Pienso en mi pensamiento viciado, contagiado y enriquecido por lo que me envuelve. Así no hay manera de pensar en el Amor, y sigo pensando, en sus derivados, y asocio: estar enamorada con la química del cerebro; amor fraternal con sentimiento gratuito; amor de pareja con invento social; amor por la vida con estado anímico; amor entregado con acto justificado; amor divino con sentimiento chantajeado. Amar por Amar... No existe, y si existe, que me lo traigan. Estoy dolida, recuerdo que esta palabra me aflige pero no me exonera de su sensación, y es que aún no he comido y no me imagino sin echarme nada a la boca, y menos morirme por no comer, y menos aún imaginarme que alguien famélico se cuestione todo esto. Pero me lo voy a imaginar. Quiero hacer reversible lo incuestionable. Quiero ser optimista y creer que en algún momento espacio temporal existe el Amor en su definición más generosa y que mi limitada y golosa mente no alcanza a ver. La incuestionable hambre me devuelve a pensamientos más banales y mi mente me acompaña dirección la cocina dándome palmaditas en la espalda.
Me gusta el sol de otoño. Siempre que puedo me mudo a mi balcón y le planto cara sentada en un minúsculo taburete a cosa hecha. Desafío a lo ergonómico, apuesto por pensar que la comodidad es un invento para que nos satisfaga lo que no convence. Me apoltrono medio escurrida frente a él. Las piernas me miden medio metro más y los brazos me sobran. Intento olvidarme de mis extremidades y también de todo lo que minutos antes me ocupaba el pensamiento. Soy feliz. Y pienso en él, en la grandeza de su ser que me proporciona generosamente esta sensación de estar rozando la perfección.
Cuando se acerca el invierno se vuelve tímido pero siempre sé dónde encontrarlo, por difícil que me lo ponga. Cojo carretera y manta y dejo atrás encapotados cielos, neblinas que lo translucen, para buscarlo en cielo raso y mirarlo con los ojos cerrados.
En verano lo dejo trabajar, como camarero en chiringuito. Contemplo como los hoteleros se hinchan los bolsillos a su costa mientras pocos recuerdan lo milagroso de su existencia, proporcionarnos la vida que no teníamos. Y entonces pienso que igual que su olvido, el desprestigio también debería correr a cuenta nuestra cuando lo acusamos de enfermedades, incendios, catástrofes medioambientales y demás infortunios del humano incivilizado. Me cabrea recordarlo y entonces con sudores en el canalillo sentada en cómoda terraza alzo la vista y le digo en silencio que su omnipresencia no debería permitirlo, pero observo al camarero que remangado me sirve una horchata a precio de diez y me digo que su pasión por la gastronomía sucumbió también a devenir del conformismo, que todos tenemos precio, incluida yo que permito este negocio con mi presencia en tan caluroso lugar. La grandiosidad de nosotros mismos no depende del tamaño, ni del prestigio, ni del renombre. Nos la tenemos que ganar a diario.
Tengo calor y empieza a dolerme el culo. Es tu manera de avisarme de que ya me tengo que ir. Me encanta nuestra relación. Mañana seguimos hablando, si tú quieres.
Tener conciencia de que uno está realmente solo te permite disfrutar más de la vida. Así lo experimento yo, y así lo siento. Yo digo pocas cosas de mi misma porque estoy repartida por todo el cosmos, y más concretamente y que yo recuerde, entre las personas y lugares con los que he tenido, tengo y tendré relación. Experimenté esa sensación cuando estuvo mi madre ingresada en el hospital. Familiares iban y venían según la permisividad de sus horarios. Enfermeras acudían al auxilio de mi madre según el horario a cubrir esa semana. Médicos pasaban el parte de buena mañana, influidos por su estado anímico de sus respectivas vidas, vidas que podrían estar bañadas por alguna situación semejante a la mía, porqué no. Si se les había dado bien el día anterior, la capacidad de empatizar con el paciente era mayor, o por lo menos en apariencia, cosa que se agradece porque a mi manera de ver las cosas, en momentos poco deseables, es preferible una sonrisa forzada, un comentario estudiadamente oportuno, a uno que te recuerde la realidad que no te gustaría estar viviendo. Pero incluso si resultaba menos agradable daba igual. La presencia de todo este colectivo me era grata, tanto su aparición inesperada como su ausencia impensable; tanto la cordialidad del personal de limpieza como la estupidez del cuerpo sanitario. Todo me parecía una obra de teatro vista desde el púlpito, en el que yo, presenciaba lo que acontecía sin inmiscuirme en nada, como pura observadora. Por qué iba a molestarme o alegrarme. Mi realidad, mi dolor… era mío, egoístamente hablando me pertenecía. Y lo quería padecer yo y superarlo yo, en silencio, influida por lo que mis pupilas iban reteniendo durante los días de hospitalización, como cuando salimos pensativos de ver la obra de teatro. Pero es influencia, nada más. Sigues estando sola. Despotricar o agradecer lo que va sucediendo a tu alrededor es escupir en las aguas del río, caudaloso en su curso, reposado en su delta, algo previsible son sus movimientos, como lo es lo que sucedía a mi alrededor mientras permanecía al lado de mi madre. Remojar mis pies en el río, notando su gélida agua cuando el sol no lo toca, su cálido masaje en mis doloridas callosidades, mientras alzo la vista y veo el paisaje, lo bonito y cruel que hay en él, todo el ciclo vital de un solo día de un río, inalterable en el tiempo, pero en continuo movimiento, es lo que me hace sentir más tranquila. Tomar perspectiva me hace disfrutar de una panorámica que complementa la sensación vivida con mis pies dentro del agua, con mi madre en el hospital.
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