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Obra bajo licencia de Creative Commons.
© Yolanda Montesinos L., 2008.
Se muestran los artículos pertenecientes a Noviembre de 2006.
A punto ha estado de llevárselo la grúa. Ayer estuve parloteando hasta altas horas de la noche dentro del coche. Es el único sitio donde poder hablar tranquilamente con él. Debían ser las 2 cuando bloqueaba el volante y colocaba el hierro que lo inmoviliza. Es un artilugio más estético que otra cosa, pues hace poco me percaté que es posible conducir con eso puesto. Un frenazo manual en el semáforo de mi calle me hizo darme cuenta de que lo llevaba aún ensamblado al pedal central, que por comodidad es el escogido para tal fin, sin mayor criterio que éste para colocarlo.
El vaho se había apoderado de todo el habitáculo Me ensimismé viendo resbalar las gotas condensadas del cristal del parabrisas, siguiendo las carreras que mantenían, abriéndose camino cristal abajo efecto alud de nieve. Todo mi cuerpo perpetuado ante tal espectáculo, únicamente mi mano izquierda se alzaba para truncar alguna de estas carreras de fondo. El asiento parecía también mojado, aunque quizá solo estaba frío, no sé, pero todo hacía pensar que la conversación había sido larga. Ese día me había llamado tres veces, las mismas que descolgué el móvil. A veces ni tan solo contesto sus entrañables sms deseosos de buenos propósitos para mi, pero ayer hablamos más de lo debido. Le comenté sorprendida que hoy el destino se había puesto de nuestra parte haciendo coincidir nuestro tiempo libre para poder así gestar nuestras afables conversaciones. Pero ciertamente el motivo era que me sentía sola. De hecho el destino se había esfumado sin dejarme ningún propósito para el resto de la tarde y holgazaneé con móvil en mano esperando su llamada. –Buenas noches cocinilla, que usted lo guise bien- me dijo a modo de despedida. Y es que mi pasión por la cocina me hacía darle recetas nuevas de continuo, rescatadas del sitio mas insospechado. La última, risotto di champignon, de la puerta de un lavabo frecuentado por estudiantes de Erasmus.
Se marchaba contento a dormir las 4 horas que restaban para levantarse pero no le importaba.Yo me quedaba pensando en lo poco sincera que había sido con él, por no mostrarle, una noche más, mi abatimiento ante la vida, el no saber para donde tirar, camuflándome bajo mi estudiada sonrisa acompañada de escurridizos comentarios. Cómo me gustaría también poderlos frenar como hago con lo demás.
El bizcocho de limón cocinado de madrugada me subió más de la cuenta, podría haberse desinflado pero hoy mojado en el café con leche de la mañana se dejaba comer aunque me ha costado pasármelo más que en otra ocasión. Las prisas por mover el coche mal aparcado no ayudaban.
Tener conciencia de que uno está realmente solo te permite disfrutar más de la vida. Así lo experimento yo, y así lo siento. Yo digo pocas cosas de mi misma porque estoy repartida por todo el cosmos, y más concretamente y que yo recuerde, entre las personas y lugares con los que he tenido, tengo y tendré relación. Experimenté esa sensación cuando estuvo mi madre ingresada en el hospital. Familiares iban y venían según la permisividad de sus horarios. Enfermeras acudían al auxilio de mi madre según el horario a cubrir esa semana. Médicos pasaban el parte de buena mañana, influidos por su estado anímico de sus respectivas vidas, vidas que podrían estar bañadas por alguna situación semejante a la mía, porqué no. Si se les había dado bien el día anterior, la capacidad de empatizar con el paciente era mayor, o por lo menos en apariencia, cosa que se agradece porque a mi manera de ver las cosas, en momentos poco deseables, es preferible una sonrisa forzada, un comentario estudiadamente oportuno, a uno que te recuerde la realidad que no te gustaría estar viviendo. Pero incluso si resultaba menos agradable daba igual. La presencia de todo este colectivo me era grata, tanto su aparición inesperada como su ausencia impensable; tanto la cordialidad del personal de limpieza como la estupidez del cuerpo sanitario. Todo me parecía una obra de teatro vista desde el púlpito, en el que yo, presenciaba lo que acontecía sin inmiscuirme en nada, como pura observadora. Por qué iba a molestarme o alegrarme. Mi realidad, mi dolor… era mío, egoístamente hablando me pertenecía. Y lo quería padecer yo y superarlo yo, en silencio, influida por lo que mis pupilas iban reteniendo durante los días de hospitalización, como cuando salimos pensativos de ver la obra de teatro. Pero es influencia, nada más. Sigues estando sola. Despotricar o agradecer lo que va sucediendo a tu alrededor es escupir en las aguas del río, caudaloso en su curso, reposado en su delta, algo previsible son sus movimientos, como lo es lo que sucedía a mi alrededor mientras permanecía al lado de mi madre. Remojar mis pies en el río, notando su gélida agua cuando el sol no lo toca, su cálido masaje en mis doloridas callosidades, mientras alzo la vista y veo el paisaje, lo bonito y cruel que hay en él, todo el ciclo vital de un solo día de un río, inalterable en el tiempo, pero en continuo movimiento, es lo que me hace sentir más tranquila. Tomar perspectiva me hace disfrutar de una panorámica que complementa la sensación vivida con mis pies dentro del agua, con mi madre en el hospital.
Cuánta razón tienen los dichos. Hablaba con mi gran amiga por teléfono, y si hiciéramos recuento, unas diez frases hechas han aflorado en el transcurso de la charla. Cuando llegamos al absurdo de la conversación siempre echo mano de manera puramente instintiva a uno de ellos para encauzarla, como señal de humo de que me estoy enterando de "por dónde van los tiros". Por su naturaleza popular, también me ayudan a dar aquel consejo que mi corazón y mi cabeza no se ponen de acuerdo en pronunciar, pudiendo decir lo que pienso pero eximiéndome de la responsabilidad que para mi conlleva hacerlo, o por lo menos, del éxito que pueda comportar seguirlo, porque si algo sale mal no puedo evitar pensar que no debería haberlo dicho.
Hoy divagamos sobre el volumen de faena que en el trabajo le tienen encomendado y el trabajo que tengo yo para encomendarme uno; sobre una llamado inesperada de alguien de su pasado y sobre mi falta de voluntad en desquitarme de llamar a alguien que aún está presente; sobre mi persistente manía en creer que tengo que cambiar, y lo peor aún, creer que lo conseguiré, y sobre mi alegría de ver como su vida promete ser maravillosa y sobre el entusiasmo que le echa al vaticinar lo bien que me va a ir en la mía; sobre su obstinada manera de querer normalizar su extraordinaria forma de ser, y cómo no, sobre el tamaño de sus pechitos. Con voluntad de demostrar el poder de los refranes, podría transcribir la hora de conversación mantenida con un puñado de frases hechas.
Sería algo así como:
--Aliss, ¿qué tal estamos?
-- con faenica, ya sabes... haz cien y no hagas una y como si no hubieras hecho ninguna pero pa' lante como los de Alicante.
-- Pues cada cual que aguante su san Benito. Quien quiera peces, que se moje el culo.
--¿Tú qué tal?
--Poca cosa nueva. Quien mucho duerme poco vive.
--No por mucho madrugar amanece más temprano. El que madrugó una bolsa se encontró, pero más madrugó el que la perdió.
-- Pero el que madruga, caga más temprano Aliss.
--¿Y?
-- Pues que quien no se arriesga, no pasa la mar.
-- A la que no está acostumbrada a bragas, las costuras le hacen llagas, y para ti las de esparto son de seda.
-- Ay...El buen ojo del amo engorda al caballo. Qué tendrá mi hijo de feo que yo no se lo veo.. Ninguna mujer es fea por donde mea y tu te agachas mucho para mirarme...tú eres lesbiana, sí,sí...Oye, ¿te volvió a llamar?
--No. Le contesté correcta sin más.
--El que escucha lo que no debe, oye lo que no quiere...
--Gato escaldado, del agua fría huye.
--Tú no huyes, simplemente que agua pasada no mueve molino y poner en marcha el ventilador es para esparcir la mierda. Basura que se bota, no se vuelve a recoger.Ayy lo que vale mi Aliss...
--Tú, que me ves con buenos ojos. Y tú qué, ¿sin noticias de Dios?
--No. Sólo un sms.
--Quién mucho se despide pocas ganas tiene de irse.
--Es difícil... subí como palmera y estoy cayendo como coco..
--Tranquilo, piojo, que la noche es larga.
--¿Por qué me dices eso Aliss? (no todos los refranes se entienden..)
--Porque Zamora no se ganó en una hora. Lo que tenga que ser será, y a otra cosa mariposa. Y, cómo siempre, no hay mal que por bien no venga aunque nunca se puede decir de esa agua no beberé y ese cura no es mi padre.
--Si es que agua que no has de beber déjala correr, pero a veces es tan difícil...los días que pasan son saltos de pulga (para relacionarlo con el del piojo (¿?)) y donde hubo fuego cenizas quedan.
--Bueno amiga, sábado sabadete, camisa nueva y un polvote
--Sí, yendo yo caliente, que se ría la gente.
--.. este dicho viniendo de tu mente calenturienta..está mal usado..
--..y a las diez, en la cama estés, en buena compañía y con un pecho fuera...bueno, pechito.. Un besico mi Aliss!
--Otro pa ti!!
Dedicado a mi Aliss. Quien tiene un amigo tiene un tesoro.
Dedicado a la humanidad: Quiéreme cuando menos lo merezca, que será cuando más lo necesite.
Me gusta el sol de otoño. Siempre que puedo me mudo a mi balcón y le planto cara sentada en un minúsculo taburete a cosa hecha. Desafío a lo ergonómico, apuesto por pensar que la comodidad es un invento para que nos satisfaga lo que no convence. Me apoltrono medio escurrida frente a él. Las piernas me miden medio metro más y los brazos me sobran. Intento olvidarme de mis extremidades y también de todo lo que minutos antes me ocupaba el pensamiento. Soy feliz. Y pienso en él, en la grandeza de su ser que me proporciona generosamente esta sensación de estar rozando la perfección.
Cuando se acerca el invierno se vuelve tímido pero siempre sé dónde encontrarlo, por difícil que me lo ponga. Cojo carretera y manta y dejo atrás encapotados cielos, neblinas que lo translucen, para buscarlo en cielo raso y mirarlo con los ojos cerrados.
En verano lo dejo trabajar, como camarero en chiringuito. Contemplo como los hoteleros se hinchan los bolsillos a su costa mientras pocos recuerdan lo milagroso de su existencia, proporcionarnos la vida que no teníamos. Y entonces pienso que igual que su olvido, el desprestigio también debería correr a cuenta nuestra cuando lo acusamos de enfermedades, incendios, catástrofes medioambientales y demás infortunios del humano incivilizado. Me cabrea recordarlo y entonces con sudores en el canalillo sentada en cómoda terraza alzo la vista y le digo en silencio que su omnipresencia no debería permitirlo, pero observo al camarero que remangado me sirve una horchata a precio de diez y me digo que su pasión por la gastronomía sucumbió también a devenir del conformismo, que todos tenemos precio, incluida yo que permito este negocio con mi presencia en tan caluroso lugar. La grandiosidad de nosotros mismos no depende del tamaño, ni del prestigio, ni del renombre. Nos la tenemos que ganar a diario.
Tengo calor y empieza a dolerme el culo. Es tu manera de avisarme de que ya me tengo que ir. Me encanta nuestra relación. Mañana seguimos hablando, si tú quieres.
La convivencia: bendita palabra. Según la Real Acedemia, convivir es vivir con otros. Vivir con otros, y punto. Nada más que añadir. Tantos términos enmendados, y éste sigue inmutable en su definición con la cantidad de matices que conlleva a la práctica. Llevo dos años conviviendo, con el mismo, y diez de relación, con el mismo pero no con el único. He convivido más que vivido con él, y eso que los años dan para tocar toda las acepciones del verbo vivir, que de éste si que hay y muchas. Ayer montamos un armario en el pasillo. Volcarse juntos en un mismo proyecto de poca envergadura me exalta porque me da una felicidad momentánea que no consigo con los grandes planes de futuro. Lo doy todo en un principio y luego no me queda ni para propinas. En cambio con las pequeñas cosas el truco lo tengo pillado: darle la importancia en su justa medida, eso es, no hacerlo grande si es pequeño, y a disfrutar. Siguiendo con la definición matemática de la Rae, bastaría con multiplicar por dos para obtener el resultado de esta ecuación de primer grado: la felicidad de vivir en pareja. Pero los algoritmos están presentes hasta en los problemas más banales que surgen de la nada, donde debieran permanecer siempre. Ayer me alegré de montar el armario de 2,35m por 3,50m con espaciosos altillos donde acumular lo que acabaré tirando. Me alegró aún más haber podido adaptar al hueco del pasillo el modelo PAX de IKEA porque me ahorro dinero que podré gastar en comprar otro armario donde seguir guardando cosas que no acabaré tirando por disponer de espacio. Me encanta el espacio porque carezco de él. Y manifiesté esta tonta alegría, y a él se la contagié, y se rió y se sonrió y era feliz. Contentada con lo convivido, me animé a seguir haciendo cosas pequeñas con la finalidad última de compartirlas y poder multiplicar x 2.Me duché silbando bajo la ducha y lo invité a enjabonarse conmigo, me tiré fotos desnuda y lo reté a que hiciera de trípode con su parte más erguida si cabía, embadurné de crema mi cuerpo con sus manos mientras con las mias me masajeaba pies,tobillos,gemelos, una y otra vez, para resultarle simpaticona y sensual con mi calculada y provocadora postura.Y me metí en la cama, sientiendo el roce suave sobre mi piel comestible y mi acerqué por detrás buscando su boca para que rastreara todos los recovecos de mi cuerpo, pero se había dormido.
Trunqué mi alegría, multipliqué mi frustración y elevé a la cuarta mis ganas de consumir otro pequeño gran placer que se había forjado con tal despliegue de medios.Tuve que echar mano de mi otra mano para filtrar el placer medio compartido, y no desanimarme por ser negada en las matemáticas relacionales, simplemente tengo que dejar de creer en ellas.
Qué miedo perderse en los entresijos de la mente. Me cuestiono qué es lo realmente incuestionable en mi vida y qué hay de incierto en las afirmaciones que hago y que no cuestiono. Doy la vuelta a palabras eternas: Siempre, Nunca. Reviso la que más utilizo: Sentir. Pienso en la que más me aflige: Dolor. Agito la coctelera, extraigo ideas y sigo pensando: tengo argumentos para casi todo. Este “casi” se tiñe del color del día y se cuarta por la palabra Amor. Me obligo a pensar: el amor es una palabra que no utilizo y que no pienso. Escribirla me abruma. Como argumento no me vale. Pienso que no me gusta y me asusto. Qué hay de absoluto en todo lo que se escribe con ella, por qué tiene tantos detractores y tantos seguidores. Podríamos diferenciar la sociedad entre estos dos grupos y dejar lo de hombre/mujer como una anécdota sexista más del pasado. Imagino los grupos que conformarían esta inventada clasificación. Detractores: personas desquiciadas, reservadas y/o calculadoras, que descartan ver películas románticas, el color rosa y las novelas de Corín Tellado. Seguidores: personas sensibles, cursis y/o bohemias con gusto por el arte en general, fáciles de disuadir, con sentimientos de culpa que alternan con el de hacer sentir culpable. Sería divertido saber quién, de estos dos grupos, tiene mayor índice de analfabetización mundial, mayor longevidad, menor estatura media y mayor capacidad para el lenguaje, y cuál es el que tiene mayor capacidad de orientación, más masa muscular y es menor en número de población mundial. Pero no, caeríamos en ver, qué porcentaje de hombres y mujeres hay a cada lado de la balanza. Recuerdo una frase: el hombre, el peor enemigo del hombre. Y es verdad. Anda mira, algo que parece incuestionable. Pero voy a ir más allá y voy a pensar que somos aburridos, sólo eso, que nos tomamos la vida en serio, pero solo aparentemente y eso además de aburrido es triste, muy triste, porque cada 3 segundos muere un niño de hambre en el mundo y eso si que es incuestionablemente muy serio y triste. Vuelvo a pensar en la clasificación hombre/mujer. Es evidente que en un gran porcentaje (quiero pensar que es incuestionable) el tamaño de los genitales nos diferencia entre unos y otros. Algo tangible, mesurable: ideal para la rápida clasificación. Qué pena entonces que saquemos punta cuando el lápiz es de minas. Pienso en mi pensamiento viciado, contagiado y enriquecido por lo que me envuelve. Así no hay manera de pensar en el Amor, y sigo pensando, en sus derivados, y asocio: estar enamorada con la química del cerebro; amor fraternal con sentimiento gratuito; amor de pareja con invento social; amor por la vida con estado anímico; amor entregado con acto justificado; amor divino con sentimiento chantajeado. Amar por Amar... No existe, y si existe, que me lo traigan. Estoy dolida, recuerdo que esta palabra me aflige pero no me exonera de su sensación, y es que aún no he comido y no me imagino sin echarme nada a la boca, y menos morirme por no comer, y menos aún imaginarme que alguien famélico se cuestione todo esto. Pero me lo voy a imaginar. Quiero hacer reversible lo incuestionable. Quiero ser optimista y creer que en algún momento espacio temporal existe el Amor en su definición más generosa y que mi limitada y golosa mente no alcanza a ver. La incuestionable hambre me devuelve a pensamientos más banales y mi mente me acompaña dirección la cocina dándome palmaditas en la espalda.

Me enseñan lo que podría aprender con libros, y lo que no está escrito lo tengo que aprender por mi cuenta. Vivir es estar vivo. Algunos pocos conservan esta definición de la vida y aparecen en documentales como algo curioso y excepcional cuando somos nosotros, los primermundistas y los que se mueren de pobreza en el intento, los que realmente somos de observar. Las matemáticas: 4/2 = 2. y 4000000/ 2000000 también = 2. Hasta ahí daría por bueno todos los avances en tecnología, ciencia, y cultura del bienestar. Pero el quebrado no sigue las proporciones. Algo falla. Qué les pasa a las mentes del mundo civilizado. Soy respetuosa con lo que me respeta y con lo que no, intento entender porqué pero me cuesta: la contaminación acústica es molesta, y tengo que hacer un laberinto para comprender qué está pasando por la cabeza del que en una retención se arma a pegar bocinazos. A mi no me resulta sencillo entender que está cansado y que por eso se altera. No quiero construir excusas estúpidas con argumentos de peso. Pero el atasco avanza y el ruido se aleja, y yo abro la saca y echo en ella otra incongruencia más con la que me toca vivir. El denominador se engorda y toca inflar el numerador con cosas inútiles. Los números rojos de mi contabilidad no se reflejan en el balance de las empresas del mundo. Su beneficio no contempla mis pérdidas, no me asesoran, no satisfacen mis necesidades vitales también de consumo. Pero no pasa nada porque no me ponen una soga al cuello, verlos como un pequeño colmado de barrio está en mi mano, y rehúyo de sus estrategias y optimizo sus adelantos. Recordar que me puedo mover a una velocidad que mis pies no alcanzan o conseguir pan y agua potable con un pequeño gesto, me aplacan frente al capullo del coche que me ensordece con su estridente ruido. Y cuando llego a casa, pulso un botón y aparecen imágenes de gentes incivilizadas a kms de distancia, con una lanza en la mano y un gesto tranquilo en su cara. Me miran. Yo les sonrío. Y me siento cercana estando tan lejos.
En la universidad de la vida, hoy han vuelto a contarme algo que no entra a examen pero que debo estudiar para darme mi aprobado, ese que no tiene nota pero que me satisface más que el sobresaliente académico.
Viernes noche. Despedida de soltera de amiga de la infancia. Llego 30 minutos tarde. Acelero el paso. Me canturreo con asfixia la misma melodía de siempre: “tengo que cambiar, tengo que cambiaar…” mientras me acerco a grandes zancadas al punto de encuentro. Ninguna cara conocida. Deduzco que son ellas por el volumen de mujeres concentradas en la puerta de un Telepizza. Decido presentarme en la lejanía, con sonrisa exagerada y un ¡ hola! con correspondencia nula. Beso sin miramientos a toda y cada una de las allí presentes, repitiendo mi nombre como si en ello les fuese la vida. Un total de diez veces, el mínimo que necesitaría yo para recordar los suyos. Empiezo a hacer asociaciones para no olvidarlos: Ascen de ascensor, porque es alta, ya está; Ana, la que me llamó para citarme; Merche, cantante; una con cara de Raquel, otra con cara de Esther, y aquellas dos, las pijas, una se llama.. _tu nombre es Yolanda?_pregunto _psí. Se congela el tiempo y añado:_anda mira como yo! ( pero no como yo..) Oigo risas. Me toca el turno de firmar en un delantal con forma de falo. Sigo en mi línea y tardo horrores en decidirme qué poner “porque ahora estarás esposada pero no atada” y firmo rápido rellenando espacios con besos y pasando el testigo a la compañera. Firmamos todas. El rebaño decide abrirse paso dirección casa de la homenajeada. La pastora anda acicalándose pensando que tiene una cena con mi clon no clon la Yolanda. Me endosan una cámara de usar y tirar para que haga de reportera en el momento que nos abra la puerta de su casa y de su corazón. Soy la última del desfiladero de hormigas que sube por las escaleras, y cuando llego arriba temo que ya esté de vuelta del viaje de novios, pero llego a tiempo de besarla, y por sorpresa mía, se alegra y mucho. Decido tirarle una foto a su cara sonriente y otra a mis encías felices justo antes de recordar que esa cámara no la revelaré yo. La sientan, le colocan la diadema con polla de plástico, banda de miss cachonda, y le endosan un ramo de prepucios rosas. Lista. Bajamos por donde subimos y distribuyen gente en los coches. Yo me quedo fuera. Esto no me pasaba ni jugando al pañuelo en la hora del recreo. Revindico mi puesto como fotógrafo de la boda que soy: -y yo con quién voy?- pregunto mientras pienso que tendría que haber cogido el mío. Una voz con rizos acepta llevarme en su Ford fiesta rojo del año catapún al que empiezo a alabar por puro agradecimiento. Chapa impecable-le digo, mientras me dejo una hernia discal en un bache. Se sonríe. Resaltar algo objetivo siempre es un punto asegurado. Ella y las otras dos acompañantes siguen hablando de sus cosas. Todas, a excepción de las pijas y la Ascen son compañeras de trabajo de mi amiga. Todas, a excepción de las pijas y la Ascen tienen temas intrascendentalmente importantes que hablar. Todas, a excepción de la conductora de rallis, tienen menos de cuarenta y están emparejadas. Todas, menos yo, lo saben. Desacierto en preguntar, por la cara que pone, si tiene hijos, a lo que me pregunta que qué años le echo a lo que yo me precipito en decir 25, y ante su inexpresiva faz resuelvo decir "42?" Totalmente subjetivo. Desisto en querer arreglar su cara. Definitivamente le caigo mal. Decido callarme. Aparcamos y bajamos. Además de fotógrafa soy guardaespaldas de las 3 amigas. Por fin vislumbro a la Novia pero anda entre risas y sigo batallando sola. Me quiero ir. Me río. Sigo caminando un buen trecho. Podríamos haber bajado andando pero omito el comentario. Me sonrío.
Una de las salas del restaurante se abre únicamente para nosotras. Una mesa larga repleta de embutido y un radiocedé en el suelo frente a una desusa chimenea. Por fin cruzo palabra con mi amiga, y le cuento cómo he ido a parar hasta allí, mientras el gallinero sigue cacareando de fondo. Si acabase trabajando en la gestoría a la que pertenecen, lo primero que haría sería escupir al jefe e insultar al hijo, subiría los sueldos y pagaría pluses por puntualidad. Montaría un despacho sólo para la rizos y una guardería para todas las madres. Y todo por verlas cambiar de tema un ratito.
-¿En el presupuesto entra la sangría de cava?- pregunta la contable fiscal –sólo las de vino- aclara la camarera.-Y no se pueden cambiar? -No. -pues traiga cocacolas-concluye.
-...y traiga las sangrías que entran, también! – grito yo indignada por su apropiación del mando de la nave. Todas se callan, como si de una asociación de exalcohólicos se tratase la fiesta. Recuerdo que soy un polizón y añado: “para emborrachar a la novia!, hay que bebérselo todo esta noche!”
me pregunto:
¿dónde he dejado mi bote?
Cansadas de su monotema, deciden abrir fronteras al otro lado de la mesa, justo cuando ya me había acostumbrado a mi selfservice: mi tostadita de paté por aquí, mi queso en lonchas por allá, mis dos sangrías bien puestecitas frente a mi, a mano la que ya era mi cámara: fotos de yo y la novia; yo y la chimenea; yo y las pijas de fondo; yo y mi venganza: instantáneas sin avisar del resto de congregadas.
-Bueeno!!- emerge una voz de ultratumba-y en qué trabajáis el resto, vamos a ver?
-vendo Swarovski en el Corte Inglés. –dice la Ascen mientras se me rompe una de las tostadas que estaba untando.
–yo- dice la pija clon- en el ayuntamiento de Barcelona.
- y tú?-preguntan a la otra pija
-yo en Barcelona.
- y dónde trabajas tú? –refiriéndose a mi. Tomo aire:
“En la mayor empresa de España, qué digo: del mundo! Menudo problema con la cena de Navidad nos llevamos. Dónde conseguir un servicio de catering para tanta gente!, ay,ay.. de verdad.. y dónde congregarnos a todos? somos de un especial.. y ninguno organiza ná,oye!, yesque andamos tan escasos de tiempo!
.....
Estoy en el paro” aclaro con voz de locutora de noche.Estallan a reír. Me como el paté con los dedos y añado seria:”pero en mis ratos libres soy multiorgásmica. Me hago amigas explicando técnicas sexuales. Hay quien piensa que para tener orgasmos vaginales basta con tener vagina.. un milagro se necesita! ¿Y las que esperan correrse en la primera cita cuando realmente por lo único que se está es por esconder barriga y gracias?. Lo que hay que hacer es darle mucho a la lengua.-aclaro mientras pelo una banana_hablar mucho vaya. Come plátano, amiga!! Grito a la novia a modo de conclusión, cogiéndola por la mandíbula para hacerselo engullir asido a modo de navaja.
Acabo de salir de un exorcismo. Mi vergüenza escénica y mi aburrimiento vencidos con una puesta en escena que no podría repetir aunque quisiera. Minidiscurso bien acogido, preámbulo de la próxima media hora de monólogo. Sirvo botella de cava, enciendo la radio y nos ponemos a bailar la contable fiscal, la Swarovski, la novia y yo. Recuerdo que no me sé sus nombres y sigo bailando. Dejo mi cámara a otra para que nos tire fotos. Encantada acepta. Me sale trabajo de contable en la gestoría. Me preguntan dónde ir después y si quiero algo. -Sí: irme!!!- digo sin saber por qué.
Se ríen sin apenas escucharme.
Soy la reina del mambo.
Cada día hago menos y soy más.
Hoy me he levantado sexual. Desde el balcón observaba embelesada a un chico arreglando el cierre de un maletero con un destornillador en la mano. Camuflaba su cabeza bajo la puerta, mostrando la rigidez de su brazo al empujarla hacia arriba para que no se cerrara y con el otro no paraba de hacer movimientos musculados, atornillando o aflojando con la mano algo que mi vista no alcanzaba a ver pero si a imaginar. Y no me venían preguntas técnicas sobre qué pieza estaba forzando para arreglar el anclaje si no cómo debía hacer el amor. Al ponerse de pie y comprobar una y otra vez que la puerta salía rebotada en su intento de cerrarla a empujones, he tenido que meterme dentro de casa. No le he puesto remedio, qué iba a hacerme, un dedo pensando en él al ritmo de los portazos? No tenía suficiente información para tanto pero si imaginación para mucho. Una pena. La energía sexual es muy divertida. He vuelto a salir, esta vez mirando con descaro y algo más peinada, lo suficiente para gustar a la distancia que nos separa. Se entretenía en mover cosas del maletero, como si desnudara pacientemente una mujer con prendas entretenidas, de botones, corchetes y lazos. Al reclinarse aún más deducía su manera de besarla por cuello y pecho, y francamente no lo hacía nada mal. Por qué tengo que estar tan fea cuando estoy por casa? Hubiera bajado a echarle una mano imaginaria, a recopilar más información. Me acomodo en lo alto del castillo para seguir observándolo. Su pelo limpio con corte moderno incita a estirarlo. Su mono holgado de hacer faena se ajusta al agacharse a sus espaldas. Una llamada de móvil interrumpe el cortejo del macho. Se pone de pie y yo escucho su voz grave. Alza la mirada y me ve como un pasmadote. Disimulo mirando al cielo, para que no pueda descodificarme. No creo que esté para gaitas, se le ve cansado, pero yo no sé cómo se ha levantado él hoy, y pobre si se le ocurre insinuar nada. Lo divertido del juego es que no me pesquen porque me confundirían y sería aburrido. Yo quiero reírme y disfrutar conmigo. Esa llamada debía ser importante porque se va con el maletero cordado y con movimientos que solo me recuerdan prisa. Me planto delante del Telenoticias con su recuerdo mojando un brioche en la leche del desayuno y me sonrío de verme con mi chorreante boca frente a uno que tras la pantalla me mira y que anuncia risueño que vendrá buen tiempo. Y que tú lo veas, guapo.
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