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Obra bajo licencia de Creative Commons.
© Yolanda Montesinos L., 2007.
Se muestran los artículos pertenecientes a Julio de 2007.
Amo la delicadeza de unas palabras acertadas, con la conciencia de que pueden caer en saco vacío, con el respeto de que pueden marcar un destino.
Amo el silencio de un gesto afectuoso, con la inquietud de ser comienzo de algo distinto, final de lo que siempre es lo mismo.
Amo la mirada descarada del bebé que no sabe aún de reglas sociales, la pureza de sus gritos en una sala de espera, en una biblioteca sin ruido.
Amo el tacto del cojín que soportó el desgarro del desespero, el sueño reparador, la asfixia de la ignorancia o una reconciliación; el del jersey que me pongo, impregnado de la suerte del examen de aquella lección, del calor de la fría clase teórica que de nada me sirvió.
Amo los trabajos que buscan personas prescindibles sin la categoría de auxiliar y de justa remuneración.
El buen hacer de alguien vestido con la carrocería de su coche, su buena educación.
Amo el respeto, la ignorancia, la conciencia, el amor.
Amo el humor, por ser flotador en un mar de angustia, calma del bravío dolor.
Amo tantas cosas
de las que no hago mención
que espero, rabiosas,
se atolondren por protagonizar este día
y lo bañen de ilusión.
Llego tarde. Tropiezo con mis pies al pedir la llave de taquilla y el consentimiento de la de recepción me permite empujar la barra de paso hacia las instalaciones. El olor a cloro se intensifica al llegar al vestuario. Abro, desvisto, calzo, recalco y cierro. Se atasca el candado. Las prisas me vacilan y me siento. Suspiro. Me acerco al espejo para embutirme el gorro de látex. Hoy no hay tiempo para muecas. Recoloco la ropa y cierro por fin la puerta metálica. Desaparezco con los pies semidesnudos y diez minutos menos de clase. Un arsenal de gorros flotantes se gira sonriente a mi llegada. ¡Yo ya he precalentado! Exclamo con la lengua fuera. Me remojo mis mofletes rojos bajo una ducha de agua fría. Alzo la vista y veo una hilera de hombres sudorosos haciendo bicicleta estática tras el cristal que nos separa. No entiendo la esclavitud a la que se someten pero también les sonrío: voy a pegarme un chapuzón a la salud de todos ellos. El gorro es un ingenuo antifaz que hace sea incapaz de reconocer las caras cuando van vestidas de calle. Somos las sin nombre, nos llamamos por el número de semanas o por el mes en el que va a nacer. Una de descomunal barriga me acerca un churro de espuma de más de metro y medio. Omito toda broma recurrente y me incorporo a la gimnasia acuática comenzada. A los brincos sucesivos con el churro entre las piernas le siguen brazadas de espalda con el churro oprimido contra el pecho. Al flote boca abajo con el churro de tablilla, el nado hacia delante con un pataleo escandaloso. Tiempo de descanso. Me ajusto mi artilugio a la nuca y otro fálico flotador de igual proporción a las pantorrillas. Soy una hoja seca en una charca de verano. Oigo las voces de las compañeras distorsionadas bajo el agua. Mientras floto me desplazo. Permanezco liviana sobre el líquido que me abraza. Contemplo el cielo enmaderado. Un azul cegador entra a través de uno de sus ventanales. Cierro los ojos y miro a través de mis párpados claridades nuevas. Oigo mi respiración a través de mi cuerpo mientras mis oídos se taponan. Me estoy convirtiendo en burbuja mientras simulo estar relajándome. Entonces me dejo escurrir entre los flotadores y me sumerjo con religiosa suavidad. La caída es un baile de movimientos lentos y armoniosos. Las prisas desaparecen y los tropiezos se amortiguan. La brusquedad no existe. El ruido no molesta y los sonidos son el hilo musical que me acompaña. No tengo frío ni sensación de humedad. La línea que trazan mis contorneos se corrige con la misma corriente generada. Inhalo oxígeno sin respirar. Se está tan bien aquí abajo que no entiendo la evolución de los anfibios a reptiles ni el miedo a morir bajo el mar.
Un pitido agudo procedente de fuera recuerda que la clase ha terminado ya.
Salgo de la piscina arrastrando mis kilos reales y la experiencia vivida.
-Nos pensábamos que te habías ido ya. Dónde has estado todo este tiempo?
-Buceando en el mar de los recuerdos, con mi maestra, mi hija, a la que aún le quedan 4 meses de experiencia vital.
Que los disfrutes Paula.
Pero sal cuando te toque, que aquí fuera verás que no se está tan mal.
Plantilla basada en http://blogtemplates.noipo.org/