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Obra bajo licencia de Creative Commons.
© Yolanda Montesinos L., 2008.
Se muestran los artículos pertenecientes a Junio de 2007.
Un mal sueño me empuja a despertarme. Aún reciente me levanto para asomarme a la ventana y ver al churrero trabajar. Con el destemple del descanso coartado voy hasta la cocina en busca de aliento, y un vaso de leche se presta como el mejor de los candidatos. El mareo pronto me da los buenos días, y por una vez, me alegro de que ocupe mi pensamiento aún viciado. La química del cerebro se va de puente dejándome a mí todo el trabajo por hacer. Qué suplicio. Las hormonas se meten hasta con mi oído interno, pero lo hacen con contrato temporal a horas convenidas. Pronto las finiquitarán.
Suena el timbre de la puerta. Dejo mis pensamientos figurados junto al desayuno y arrastro mi cuerpo hasta la mirilla. Abro.
-¡Enhorabuena , hija! Ay!, no sabes la alegría que me has dado!
- Hola Mercedes, Buen día (siempre pienso, centésimas antes, en la marca de coches para dirigirme a ella sin equivocación) Me coges almorzando- y sonrío, por no saber qué añadir.
-Que me he enterao por la Beatriz, la del 7º, la que toca el piano. Ay!, qué bien!!
Qué es lo que traes? A ti no te va a pasar como a la de al lao- me apunta, reclinando la cabeza con la ceja arqueada hacia el 6º 4ª- A ella ni se le notó!, Como ya estaba tan gorda de antes, dio a luz sin que nadie se enterase de que estuviera preñada, y claro, como tampoco se parece a ninguno de los 2, tan rubito él, con esos rizos, y esos ojos verdes tan gordotes-recuerda la mujer fijando su mirada en mis pies descalzos- pues todo hacía pensar que era adoptao, pero desde luego que con los gritos que le llegan a pegar al pobre crío, los de asuntos sociales poco trabajo iban a tener para retirarles la custodia. Así que el niño es de ellos, bueno, de ella, porque el chaval poco pinta, con lo saboría y malasombra que es la pobre.
-Hombreee, Mercedes…- sacudo estas dos palabras de mis cuerdas más afinadas, consciente de que nada de lo que diga puede atravesar el bloque de vacío que nos separa.
Cuando alguien obra de manera desdeñada hacia otro, tiene un motivo más allá del aparente. Cuando alguien saca conclusiones sobre lo que uno es en función de cómo actúa, lo hace siempre bajo su singular forma de pensar. Es ésta la verdadera esencia que nos diferencia a las personas. La complejidad del entramado de maneras de ser está garantizado, por banal que sea lo que al final se formule.
La extraña conversación-monólogo de mi vecina me la tomo como un sudoku emocional y no como una ofensa con la que yo deba alterarme, aliarme, mofarme, alegrarme.
Cierro la puerta con el mismo sigilo con el que no la debí abrir y me vuelvo hasta la cocina. Un olor a buñuelos ha decidido entrar por la ventana e invadir uno de mis sentidos más tocados por el embarazo.
Caliento de nuevo la leche para dar paso a un pensamiento nuevo: el de mojar un buen churro en ella...

Y entonces comenzamos a charlar. Alternamos los tiempos de manera harmoniosa y entonación musicada, dándonos el testigo para hablar con un silencio acolchado por interjecciones cálidas. Los timbres de nuestras voces se asemejan tanto que se diría se trata de una única persona que improvisa sin titubeos un diálogo para sí. No hay más prisa en terminar que la que queramos simular. No hay mayor intención en empezar que la de conjugar nuestros ritmos, asentar nuestras almas, nivelar nuestras defensas.
Sí, es toda una terapia. No nos decimos nada nuevo pero hablamos con tal exclusividad que colgamos sorprendidas por la novedad de las confesiones de siempre. Omitimos el ruido para escuchar el farfullo de nuestras voces con la atención de quien no acaba de sintonizar su emisora preferida. Y hablamos pausadas de ilusiones compartidas, reteniendo la alegría súbita para obtener mayor gozo cuando se den, y dejando que vayan mientras calando en cada una de nosotras. Y envolvemos de cariño las palabras de aflicción para menguar su punzada y echarlas a la saca de dolores en proceso de conversión.
Y nos contentamos. Y es tan plena la felicidad conseguida que no podemos más que volvernos a llamar una y mil veces más.
Mi desmemoriada cabeza no quiere olvidarse de lo insignificantemente importante, por eso hoy, trascribo, volviendo así a recordar un relato del escritor Juan José Millás, memorable por su sencillez y poca pretensión en todo lo que ingeniosamente escribe. Está extraído del libro Cuentos de Adúlteros desorientados.
Con este regalo de prosa, saco las macetas al balcón para que las vea el vecino y fardo de unas flores que jamás planté yo pero que hice mías nada más regar.
Es una manera de conseguir que no se marchiten nunca.
Espero que os agrade tanto como a mí.
El que jadea
por Juan José Millás
Descolgué el teléfono y escuché un jadeo venéreo otro lado de la línea.
–¿Quién es? –pregunté.
–Yo soy el que jadea –respondió una voz neutra, quizá algo cansada.
Colgué, perplejo, y apareció mi mujer en la puerta del salón.
–¿Quién era?
–El que jadea –dije.
–Habérmelo pasado.
–¿Para qué?
–No sé, me da pena. Para que se aliviara un poco.
Continué leyendo el periódico y al poco volvió a sonar el aparato. Dejé que mi mujer se adelantara y sin despegar los ojos de las noticias de internacional, como si estuviera interesado en la alta política, la oí hablar con el psicópata.
–No te importe –decía–, resopla todo lo que quieras, hijo. A mi no me das miedo. Si la gente fuera como tú, el mundo iría mejor. Al fin y al cabo, no matas, no atracas, no desfalcas. Y encima le das a ganar unas pesetas a la Telefónica. Otra cosa es que jadearas a costa del receptor. La semana pasada telefoneó un jadeador desde Nueva York a cobro revertido. Le dije que a cobro revertido le jadeara a su madre, hasta ahí podíamos llegar. Por cierto, que Madrid ya no tiene nada que envidiar a las grandes capitales del mundo en cuestión de jadeadores. Tú mismo eres tan profesional como uno americano. Enhorabuena, hijo.
A continuación escuchó un poco sofocada dos o tres tandas de jadeos, y colgó con naturalidad. Yo intenté reprimirme, creo que cada uno puede hacer lo que le dé la gana, pero no pude. Me salió la bestia autoritaria que llevo dentro.
–No me parece muy edificante la conversación que has tenido con ese degenerado, la verdad.
Ella se asomó a la página de mi periódico y al ver las fotos de las amantes de Clinton por orden alfabético respondió que un lector de pornografía barata no era quién para meterse con un pobre jadeador que vivía con su madre paralítica, y cuyo único desahogo sexual era el jadeo telefónico.
Me mordí la lengua para no discutir, porque era sábado y quería empezar bien el fin de semana. Pero el domingo, mientras mi mujer estaba en misa, telefoneó de nuevo el jadeador y le mandé a la mierda.
–Se lo voy a contar a tu mujer –respondió en tono de amenaza–. Le voy a decir cómo tratas tú a la gente educada y te vas a enterar de lo que vale un peine.
–Tampoco es para ponerse así –dije dando marcha atrás, no tenía ganas de líos domésticos–. Es que me has cogido en un mal momento. Discúlpame.
–Está bien, está bien. ¿Y tu mujer?
–Se ha ido a misa.
–Dile que luego la llamo.
Me quedé un rato pensativo. Desde pequeño, siempre había deseado jadear por teléfono, pero mis padres decían que era una cosa de enfermos mentales. Me he perdido lo mejor de la vida por escrúpulos morales, o por prejuicios culturales, no sé. Pero al ver aquella relación tan sana entre mi mujer y el jadeador pensé que no podía ser malo. Así que marqué un número al azar y me puse a jadear como un loco, intentando recuperar los años perdidos.
–¿Quién es? –preguntó con cierta alarma una mujer cuya voz me resultó familiar.
–Soy el jadeador –dije con naturalidad.
–Espere, que le paso a mi marido.
El marido resultó ser mi padre, nos reconocimos enseguida: inconscientemente, había marcado su número. Me dijo que ya sabían los dos que acabaría así y colgó. Luego llamaron a mi mujer y le contaron todo. Ella dice que quiere abandonarme, por psicópata, y me ha pedido que le firme unos papeles.
–Jadear a tu propia madre. ¿Dónde se ha visto eso?
Nunca acierto, sobre todo cuando imito a los demás para ponerme al día. Total, que ahora ya no puedo dejar de jadear, pero de angustia, aunque mis padres creen que lo hago por vicio.
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