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Obra bajo licencia de Creative Commons.
© Yolanda Montesinos L., 2008.
Se muestran los artículos pertenecientes a Marzo de 2007.
Cómo pesa este día. Si no fuera porque está numerado diría que es como el de ayer. No me gustan los comienzos de año, ni tampoco los de mes. No me gusta empezar semanas si no continuar los días sin catalogar. Reniego la imposición de pensar que el día arranca cuando me levanto, y no cuando me despierto que puede ser al anochecer. Tengo la costumbre ancestral de no dormir la noche del domingo y descansar poco si debo madrugar, porque mi nocturnidad es viperina y me entristece perderla en invernar.
Me gustaba trabajar de contable porque no tenía que fichar y este detalle me hacía llegar más o menos puntual. Mi responsabilidad la demostraba de la única forma que sé, intentando hacer el trabajo encomendado sin ceñirme estricta al minutero ni dejar la mesa recogida aparentando un orden que con el de mi cabeza nada tenía que ver.
Ahora estoy cara a cara frente al abismo de un reloj que no me marca las horas, pero me indica que el tiempo pasa, y que algo tengo que hacer. Es la costumbre, o es lo que debe de ser, no sé. Lo importante es sentirse dueño de tu propio tiempo por estresado que a veces estés. Difícil, puede ser, pero proponérselo proporciona el gran placer de no sentir que vendes los minutos que generosamente se dedican de continuo a otro menester.
Qué bonita es la luna también por el día.

Mis ojos llorosos encharcan mis pestañas agrumándolas como el peor de los rímels. Permanezco inmóvil con la mirada perdida en la cama que poco antes fue testigo de nuestra disputa, sólo mis manos se mueven para frotar mis picosos ojos, dándome un gusto momentáneo que despista por segundos mi profunda pena. No lo entiendo. Lo importante de la relación siempre fue sentir las ganas de volver sin importar de dónde. Besarnos la boca sin pretender apropiarla. Que nuestro deseo se centrara en querer tener a nuestro lado a una persona feliz pero no por un motivo interesado. Libertad de pensamiento y de acción. Dos almas unidas por el sentimiento y no por la razón.
Repaso aún exhausta tus atronadoras palabras, ésas que me habían martilleado la cabeza haciéndome huir del escenario cargante, saliendo desbordada de dolor y dejando tras de mi un portazo y un adiós. Busqué, ya en la calle, el oscuro cielo que nada me recrimina pero la pesadumbre al poco me ha hecho volver. Y aquí estoy de nuevo, con la misma desazón y postura, y aquí sigues tú, tumbado en el mismo lado de la cama donde te dejé pero ahora con un silencio que descifra los ruidos más significativos: el roce de la sábana al darme tu espalda me da las buenas noches. Un clic al apagar mi luz te contesta con la misma empatía, dando por finalizado el entreacto de la obra de nuestra vida.
Durante la noche, no consigo arreglar un repetitivo sueño por más que aprieto los ojos, y acaba por desvelarme. Me acerco a tu oído tragando la angustia con exceso de saliva buscando el reset bajo tu cobijo pero tú duermes con postura rara, inaccesible. La ceguera con visiones me obliga a buscar claridad fuera. Me levanto a tientas sigilosa, como si encender la luz o hacer ruido pudieran interpretarse como continuidad del diálogo zanjado. Abro el grifo de la ducha con el mismo cuidado. Con decaimiento por lo poco dormido, espero impaciente con la esponja entre mis manos a que el agua de la ducha me de la limosna de la templaza, que caiga por fin caliente en mi enjabonado sombrero de poros. La esponja brota espuma a borbotones como si el exceso fuera a perpetuar más el aroma en mi cuerpo. Me froto fuerte queriendo borrar las huellas de horas antes. Me seco mis partes nobles con delicadeza como presagio de las caricias que espero recibir. Me estrujo los pechos con voluntad de recolocar piezas del puzzle que pronto deseo descomponer. La realidad del nuevo día que aún no asoma me espera a pocas horas teñida del color del enfado y en mi mano está moldearla para arreglar la última toma de nuestra riña. Con la misma alerta y reserva me recorro el pasillo a tientas de vuelta en busca de tu calor, desnuda y con el sabor de la miel que acabo de beber. Pero en mi camino tropiezo con algo que emite un estruendoso pitido de pato de goma y el llanto de un niño arranca de la habitación contigua. Sin previo cálculo enciendo repentinamente la luz y una voz grave pero amable me invita con sosiego desde la cama a que me meta en ella, que el biberón no le toca hasta las 6 y yo debo de descansar.
Debo dejarme en casa y no llevar encima el duplicado de llaves que el vecino de al lado me dio por si las moscas y no aturdirme de esta manera cuando me enfado contigo. Recojo con la velocidad del rayo mi ropa esparcida por el lavabo antes de que su mujer regrese del hospital de su turno de noche y me vea desnuda frente a la puerta de la habitación donde su marido duerme plácidamente desde las 22h.
Estoy inquieta. No consigo concentrarme en ningún quehacer de obligado cumplimiento. El pijama me acompaña, me encantaría que lo hiciera para el resto del día pero para suerte suya, en breve deberé relacionarme socialmente con un hombre de bata blanca que perfora muelas, uno de bata azul que arregla grifos, una de calzado cómodo que vende zapatos, y otra de rasgos parecidos a los míos que hace comidas ricas en tiempo récord. Apuraré antes de encomendarme a estas obligadas tareas hasta llegar tarde, alguna posiblemente la encubriré bajo una estúpida excusa y la pospondré para pasado mañana y entonces me sobrará tiempo para seguir inquieta pero volveré a bañarme de pensamientos como el de ahora hasta demorarme en la siguiente tarea y volveré a llegar tarde para entretener mi mente con la prisa y no en el tiempo de espera. Me he cortado por tercera vez las uñas de las manos. Inaudito para alguien que siempre se las mordía. Sólo me está quedando el vicio de pensar, contemplar lo que muchos omiten, lo que otros restan importancia, y lo que a otros tantos les resulta ridículo. El día que deje de garabatear aquí, será porque también me he quitado de este último vicio y quizá lo reemplace por el de observar en silencio, sin dejar que se pierdan los detalles que en la trascripción que ahora hago obviamente no puedo mas que dejarlos en el camino, escondidos bajo las palabras que se quedaron por salir, llorando, por mi imperfecto, por discriminatorio, cerebro. Entonces intentaría escuchar a un mudo, ver como un ciego, oír lo de un sordo e imaginar con mis escasos recursos, sintiendo lacónica, sin borrar con la tinta de la escritura. Mientras escribo, una canción se me repite y me intranquiliza aún más porque me resulta tortuosa, siendo infantil: Un elefante se balanceaba sobre la tela de una araña como veía que resistía fue a buscar a otro camarada. Dos elefantes se balanceaban sobre la tela de una araña como veían que resistían fueron a buscar a otro camarada. Tres elefantes se balanceaban sobre la tela de una araña como veían que resistían fueron a buscar a otro camarada. Cuatro elefantes se balanceaban… Quiero cambiarla y me cuesta, pero me obligaré a hacerlo, guillotinaré mis pensamientos que libres dejo que fluyan, y me impondré un orden ficticio que hoy mi cabeza debería ayudarme a imaginarlo, por que lo necesito y eso debería bastarle. Dudo de colgar esto, pero lo haré. Lo que antes me avergonzaría hacer, ahora lo hago y me hace sentir mejor. Como lo es para el sordo, escuchar. Aunque a mí me pueda resultar ensordecedor lo que a veces tengo que oír, para él, que nunca pudo hacerlo, es todo un logro, y es, bajo mi punto de vista, de admirar.Cada uno que evolucione como lo sienta y que note que crece en su hacer. Había una vez un barquito chiquitito,
había una vez un barquito chiquitito,
que no sabia, que no podía, que no podía navegar,
pasaron un, dos, tres,
cuatro, cinco, seis semanas,
pasaron un, dos, tres,
cuatro, cinco, seis semanas,
y aquel barquito y aquel barquito
y aquel barquito navegó.

Sumerjo el huevo en la sartén con aceite a más de 200 grados. Lo hago con sumo cuidado, y observo embebecida su caída. Sus formas se deslizan anchamente, como nudista en la arena tumbado al sol, y me contagia un relax que me contenta. Desplomado sobre el manto resbaladizo de elevada temperatura, se mantiene flotante como colchoneta de playa, y el calor cada vez más intenso va chuscarrando los lados hasta oscurecerlos, como cuando el sol tuesta las partes más blancas de mi cuerpo. Cojo la espumadera, prolongación de mi mano combustible, y comienzo a bañarlo con el mismo bálsamo que lo acaricia, como el bebé que imprevisible permanece quieto recibiendo las aguas bautismales de su madre. Salpico suavemente una y otra vez su asoleada cara, perfecta en su forma y en su color. Los segundos pasan y la calentura sube. La bañera infantil se torna ahora hidromasaje, y las eclosiones de la fritura que emergen de la sartén se vuelven amenazantes. No se deja mirar mas que con los ojos entornados, como su semejante astro, porque aunque se sepa digno de contemplar, es descarado en su atino a salpicarme donde más me duele cuando lo hago. Y le tiro sal, y me quema, haciendo migrar sus burbujas a mi piel si no soy rápida de reflejos.
¿Puede haber algo más bello?
El olor que desprende con los trozos de ajo doraditos me subleva ante él. De soslayo los veo amistándose con el faldón blanco de puntillas marrones que los camufla, juegan a ser uno siendo tan diferentes en color, sabor y textura, conjugándose como los matrimonios que milagrosamente aún perduran.
¿Lo estaré friendo bien?
Hay tantas formas, todas tan eróticas... durito por en medio con aureola perfectamente dibujada a su alrededor como pezón de adolescente; con cuajarones blancos entremezclados con la yema dura como orgía improvisada; desparramado y poco hecho con la yema temblorosa como flan servido por camarero aprendiz cual bello pecho pequeño que ingrávido y sin sujetador se agita incesante a su paso...
Pero esta vez me apetece tanto contemplarlo, que me lo comeré como quede, mojado con pan y estucando mis muelas mientras mi paladar lo disfruta, y tragándolo con el gozo de estar saboreando uno de los mejores manjares que conozco.
Lo bueno, si es sencillo, dos veces bueno.
foto extraída de: http://inpraiseofsardines.typepad.com/blogs/

Continuamente me enamoro de ti. Salgo de casa y en el rellano concentro mi despistada atención en la luz que entra por su pequeño ventanal, y pienso en ti.
Ya metida en el ascensor soy tapiada a intervalos constantes. Sigo la numeración descendiente de las diferentes plantas con suma seriedad: estoy siendo transportada a los cimientos de la vida. Tengo la opción de abandonar el proyecto pulsando tan solo un botón y huyendo por una de las repetitivas puertas que en mi descenso dejo tras de mí. Pero soy una enviada especial para tan increíble tarea, y tú estás detrás de toda esta ilusión.
En la planta baja el suelo mojado me deslumbra y me paraliza en seco. La señora que lo ha fregado me desentumece invitándome a pasar por él sin temor: las huellas de mis zapatos son la contraseña de salida del edificio.
Pasado mi registro, saludo en la distancia a Román, que puntual abre su peluquería y me corresponde con una sonrisa extraordinaria. A mi paso de espía elevo la mirada y compruebo que el del primero ya está fumando. Diría que no ha dormido porque conserva la misma pose que cuando crucé el portal la noche anterior.
Y es que todos me esperan. Son la torre de control, vigilan en la distancia mis cercanos movimientos, revisan con naturalidad que todo esté bien, se cercioran que el abrigo de una mala noche se pierda en un guardarropía prendado de buenas intenciones y me vista con lo que me sienta mejor. Todos son delegados por ti.
Esquivo el pelotazo de un niño, y te veo en su mirada de disculpa. Le voceo “Ronaldinho!” y su padre sale desde donde no lo veía y se sonríe. Me habla de que su crío es zurdo en el fútbol, “siniestro total” le puntualizo entre risas, y le sigo escuchando hablar de sus habilidades con la izquierda como si fuera lo más extraordinario del mundo mientras enmudecida me digo que estos son los detalles que luego me harán recordarte, sentirte diferente y quererte ver una vez más.
Alcanzo el coche y su desnivelado equilibrio me delata el pinchazo de una rueda. Tiene un navajazo que no me desgarra. Mi bolsillo se entristece pero le recuerdo que podría haber sido peor. Mi reloj me mira de reojo y le recuerdo, mientras me lo quito para maniobrar mejor, que no tenga más prisa que la que me tenga que tomar. Revivo el esguince en mi pierna derecha, mi poca fuerza en los brazos, la debilidad de mis uñas, y, alguno que pasa, mi ropa interior. Encajo la nueva, manipulo el maletero, lo cierro y me monto. Ya sentada frente al volante me envuelves con tu omnipresencia. Te respiro con la luna bajada, te escucho en forma de noticiero de radio. Me sintonizo la música que conocida o no, me deja prendada de ti. A qué mas pruebas me someterás hoy, vil... y me contestas cegándome con un rayo de sol que traviesa sin permiso el parabrisas, porque sabes cuánto me gusta..
Y es que siempre eres tan diferente a los demás.... que no puedo mas que estar continuamente enamorándome de ti.
Dedicado a este nuevo día que hoy también me acompaña, día que para algunos por ser 19 es diferente, y para otros nos resulta una anécdota numérica de su extraordinaria existencia. Y dedicado a mi padre, porque en sus brazos siempre rejuvenezco, por días que pasen en mi vida.
Te descubrí no a muy a temprana edad, influida por los calificativos que me llegaban de ti y de tu obra. Excéntrico y monotemático, los más comunes, me tuvieron apartada por tiempo. Alguno que otro incluso etiquetaba a la persona que admiraba tus trabajos de igual forma que a ti, solo por seguirte. Entonces, como suele pasarme, quise usar mi criterio para descubrirte, no por incrédula, si no por saber que hay tantas reacciones a los medicamentos como personas que los toman.
Y te fui a ver a la gran pantalla, fue en Misterioso asesinato en Mahattan y aparentemente aquella vez me dormí, porque permanecí gran parte de la película agachada. Pero por aquel entonces, estaba descubriendo otra de las pasiones de la vida de la que también se ha escrito mucho.
Ya en casa y sin ruido de palomitas, me desprendí de la saca de tipicidades, incluso aquella que dice “o te gusta o no te gusta, no hay término medio” y me planté delante de gran filmografía tuya y me la ví casi de un tirón, confundiendo títulos, argumentos cuando acabó mi empacho de ti, pero sin reflujos, quedándome con el mejor de los sabores: genialidad.
Ahora me es imposible ser objetiva, siento debilidad por ti, pero no creo que sea argumento suficiente para rebatirme, porque esta admiración se ha ido fraguando por los buenos momentos que hemos pasado juntos los dos, tú haciendo lo que no puedes hacer mejor y yo disfrutando con ello.
Dedicado a todos los amantes del úni€co e inequiparable Woody Allen. Y dedicado a mi Woody Allen particular, sin parangón, Sergio Castro.

Tengo un mareo continuo, similar al de viajar por mar.
Se me tuercen las letras que escribo y las que leo, aún más.
Mi flujo sanguíneo circula con exceso de velocidad,
y a su paso martillea mis sienes, queriéndolas eclosionar.
Me molesta la luz en los ojos y las lumbares al caminar.
Estreno número en la báscula y hábitos alimenticios, de poca toxicidad.
Mi cuerpo en plana ebullición deja de ser el de días atrás.
Y mi mente cavilosa, intenta seguirle sin dudar.
Y tengo sueño, mucho sueño,
y sueños, muchos sueños.
Eres Tú,
que me absorbes la energía sin pedir permiso,
instalado en mi bajo vientre sin avisar.
Pero sigue, no te cortes, estate el tiempo que quieras,
que tus organizadas tareas no dejen de funcionar.
Bienvenido/a:
mi casa, es la tuya.
El lavabo, al fondo a la derecha.
La cocina, donde tiene que estar.
El mando de la tele entre los cojines
y mi corazón
muy cerca del tuyo,
bombeando sin parar.

He vuelto a dejar que me aplaque la opinión de un desconocido. Repaso las palabras justas que salieron de su boca y me percato que es su entonación lo que más me hiere. Pienso que lo que escuchamos viene más determinado por los gestos que vemos que por las palabras que oímos, y también reparo en la rapidez con la que se pasa alguien por la entrepierna estos matices que yo contemplo.
Cautelosa me había acercado para suavizar los eslabones de los tristes pensamientos de aquella desconocida que lloraba frente a un gran ventanal por algo desgarrador:
-Sólo tienes que concentrarte en cualquier punto del infinito firmamento que se despliega esta noche ante ti -le decía mientras le señalaba el cielo- y recoger lo que nadie se para a ver. Verás qué llena de sensaciones te vas a sentir.
-¡¡Niña!!,-grita una persona dirigiéndose hacia ella. Me sustrae la mano que había aposentado en el hombro tras susurrar mi frase de buenas intenciones-las malas rachas pasan, y para eso estamos los amigos, no esos conocidos de los que solemos hablar en nuestras entretenidas comidas. Todos pasamos de vez en cuando por épocas así! pero, está claro que, suceden por algo. No sé muy bien por qué pero, lo averiguarás...seguro! Ah, y por propia experiencia te digo que mirando las estrellas las cosas no pasan, hay que afrontarlas sin miedo!
La confianza da asco pero la desconfianza también. ¿Qué coño sabe esta cómo afronto yo mis miedos?
Me produce resquemor notar ataques verbales mal hirientes escudados bajo la extrema energía que todo lo quiere resolver y decido marcharme. Alejarme físicamente me hace distar del momento, y cojo una perspectiva que sin moverme me cuesta. Al poco empiezo a estar donde yo lo dejé y pienso sobre mi manera de llevar las relaciones personales, alimentada por la simbiosis obtenida en ellas. La amistad se retroalimenta. Abrirme a nuevas personas me enriquece y nutre las consagradas. La antigüedad de un amigo acelera un perdón pero no lo excusa. La novedad es diferente pero no antagónica. El precio pagado esta noche por querer experimentar ha sido abandonar una fiesta a la que no debería haber ido y me ratifico en mi manera de ser haciendo las paces conmigo. Me consuelo, ya más tranquila, recordando la última despedida de soltera, que no me fue de perlas pero tuvo mejor final. Todo este arsenal de reflexiones me ha llevado de paseo a un parque que no conozco. Me detengo y me apoyo en una farola en la que los mosquitos buscan su luz en la noche. Observo que aunque peleones se entienden a la perfección pues ninguno se aleja cientos de metros a meditar. El esnifar de un perro a mis pies me abstrae de mi ensimismamiento. Me hace ponerme firme pegada al farol. Un hombre distraído por completo lo lleva asido por el cuello y decido saludarle antes de que nos asustemos los dos, él por no percatarse de mi presencia y yo por miedo a una reacción asustadiza. La noche es negra y mi vestido blanco de gasa transparente canta como los grillos en verano.
-Oye, perdona- le digo tenuemente- Perdona, lo siento. Sólo quería saber si tenías un cigarrillo. Te he asustado?
-Si. Estaba en mis pensamientos y no te he oído llegar ¿Qué hace una chica como tú por aquí a estas horas?
Su pregunta me incomoda aunque sus palabras me rejuvenecen. Pienso sin dudar en excusar mi presencia con una mentira sin importancia, para no entrar en detalles que deseo olvidar.
-No podía dormir y hace una noche muy agradable. ¿Y Tú? ¿Tampoco puedes dormir?- el pavor del momento me hace interrogarle de manera infantil.
-Yo estoy trabajando y he salido a despejarme un poco con mi inseparable amiga. Soy escritor.
- ¿Y de que escribes? Le vuelvo a preguntar como pidiendo tiempo muerto.
- He escrito algún libro pero ahora escribo relatos cortos para una revista.
-Caray… Qué emocionante.
-No te creas. Ahora mismo estoy desesperado por que no encuentro ningún tema para llenar mi trabajo. La creatividad, por desgracia, no tiene un interruptor para activar y desactivar… o te viene o no te viene.
Arranco a caminar y su perra se adelanta a mis pasos. Él se incorpora a nuestro ritmo tras tensarse la cuerda que lo sujeta.
-¿Y cómo son las historias que tienes que escribir?- Le reitero con el tema con ánimo de observarle mientras se explaya en contestarme. Acierto a pensar, mientras gesticula con una mano su estructurada respuesta por tenerla pensada, que ronda los cuarenta. Tiene un gesto agradable en su cara. Su chupa de piel desgastada es molde de su torso. La tranquilidad de su perra que lo mira con la lengua fuera me transmite la confianza de la que una persona desconocida carece. Me reconforta pensar que puede que el destino me premie finalmente con una interacción personal nueva interesante, y mi empeño en que así sea se realza a medida que lo oigo hablar:
-Bueno, pues escribo de todo y de nada. Historias cortas, en las que voy al grano, no me gusta perderme en muchas descripciones. También me gusta escribir en ellas cosas sobre mí, aunque lo mezclo con otras cosas inventadas y todo junto consigue dar personalidad a mis personajes. Intercalo algún dialogo donde cuelo algún ideal o algo que haga reflexionar a quien lo lea. Después añado algo de sexo o violencia, o las dos cosas juntas, por darle un toque más comercial y para rematar… un final lo más inesperado posible, algo que el lector no pueda ni imaginarse y que cuando acabe de leerlo no le salga decir otra cosa que… ¡Qué cabrón! Así, más o menos, son las historias que escribo… o me gustaría escribir.
Lo escucho con atención, y acierto a preguntarle si en algo puedo yo ayudarle pues la compañía es grata y el reto interesante. Mi imaginación no tiene límites, y quizá le aporte lo que le hace falta. Con escasa credulidad, se anima a contestarme la inesperada pregunta:
-Me hace falta una buena inspiración, una musa que baje y logre que mi imaginación funcione y me ayude a encontrar a ese personaje que de solidez a una buena historia.
Se calla. Nuestro paso se detiene justo delante del portal de una casa.
-¡Bueno!.-intercepta.- Aquí vivo yo.
Sin saber bien con qué entrecortadas frases acompañadas de gestos afables, acabo entrando en su casa. Observo de un vistazo que todo el salón huele a escritor. Al fondo, un ordenador encendido y un cenicero repleto de inspiraciones apagadas. A los lados, estanterías colmadas de libros viejos por releídos. Y en la entrada, yo, el capricho de un creador. Mi atisbo no relativiza el tiempo pues tengo conciencia de que permanezco de pie buen rato esperando su vuelta con dos gintonics.
Su tardanza me hace indagar qué habitación lo tiene retenido sin dejarlo salir. Sigo el rastro del pasillo que lo ha raptado, y asomo mi cabeza por las dos habitaciones que me cruzo. Ambas están completamente vacías y tienen en común el color rojo de sus paredes y las cortinas de gasa blanca de escasa largura. Su voz turbada pero silenciosa me llega de la última habitación del pasillo. No acierto a entenderle y me acerco hasta la puerta sin que me vea.
-Ya tengo mi historia, ya tengo mi historia, ya tengo mi historia, ya tengo mi historia, ya tengo mi historia.....- le oigo decir. Asomo mi cabeza. Cajas y escombros amontonados en la entrada de la habitación me entorpecen verlo. Se percata de mi presencia al derrumbarse una de ellas y se descubre ante mi completamente desnudo. Me mira con los ojos exacerbados y mi invita a pasar, con la misma calma con la que una hora antes yo lo invité a charlar. Alarga su mano para ayudarme a entrar con el mismo gesto afable con el que me convidó a su casa.
-Esta noche tú has reencarnado un personaje- me puntualiza en susurros- he hablado de mí y hemos dialogado. Ahora- prosigue, mientras me enseña su erección- estoy teniendo sexo contigo mientras me pajeo pensando en ti, oooh mi musa...
y……¿ahora? , ¿ qué toca ahora?- canturrea sonriente mientras desenvaina un cuchillo de entre cartones que alcanza a rasgar la manga de mi vestido.
Pego un chillido ensordecedor que me lo guillotina con una bofetada que me abre la mejilla haciéndome caer de vuelta al pasillo.
Estoy aterrorizada, trato de incorporarme con todo mi cuerpo tembloroso. Recorro el pasillo pero mis piernas flaquean y tropiezo una y otra vez, aterrada por querer salir.
Salgo despavorida queriendo retomar el paseo de vuelta. Busco enloquecida el punto de luz de la farola que nos presentó para huir con vida de allí pero la negrura espesa de la noche me confunde. Agarro al chucho para que me indique el camino y su naturaleza fiel me ayuda a correr lo que mis pies dan de sí. Sin mirar atrás corro, corro y corro hasta llegar a la carpa de donde no debí salir. Allí nadie me ha echado de menos pero yo a ellos sí.
Busco el gran ventanal donde poder contemplar la noche que empieza a abrirse. Mis ojos llorosos turban el horizonte pero la perra relame mis mejillas mojadas. Las dos hemos salido del infierno de un perturbado. Empiezo a buscar consuelo en mi atormentada existencia y recuerdo mi afirmación categórica: yo pienso que lo que escuchamos viene más determinado por los gestos que vemos que por las palabras que oímos aunque reparo en la rapidez con la que se pasa alguien por la entrepierna estos matices que yo contemplo. Rompo a llorar.
El precio pagado esta noche por querer experimentar, ha sido abandonar una fiesta a la que no debería haber ido, pero me ratificaré en mi manera de ser, y volveré a hacer las paces conmigo.
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La historia original de la cual surge este plagio es de Akiv, un gran escritor que no debería fiarse de sus lectoras, por inspiradores que puedan resultarle sus comentarios....... ;-)
Un beso!
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