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Obra bajo licencia de Creative Commons.
© Yolanda Montesinos L., 2008.
Se muestran los artículos pertenecientes a Mayo de 2007.
¿Qué son trece días?
Trece días es el tiempo necesario
para cambiar el color grisáceo de la piel por uno rosado.
Coordinar la respiración que nadie antes te había enseñado,
con la deglución del líquido blanco que tú solo, aprendes a succionarlo.
Reconocer las voces como familiares
y las olores como cercanas.
Poner en práctica sin previo ensayo
lo sabido sin aprender,
y lo aprendido por saber.
Lagrimear por primera vez,
regalar una sonrisa
mientras practicas contraer
los músculos de tu carita.
Acostumbrarte al algodón cien por cien
y a las cremas de bebé;
a vislumbrar sombras a la luz del día
y a dormir al anochecer.
Habituarte a la vida,
esa que me regalas tú
al nacer.
¡Felicidades Loren! Ya mismito cumples dos semanitas.
Besos mil repartidos por todo tú, de tu tía que siente adoración por ti.
Una bata blanca con olor a mentol me acompaña hasta la habitación habilitada como sala de espera. El laberíntico pasillo que recorro hasta llegar es huella indeleble de los 2 pisos que tiempo atrás fue la actual consulta de dentista. Me adentro en su reformada estancia de cascados sofás que me evocan el tiempo que hace que no venía. Cojo asiento en uno de ellos mientras me rebota el silencio de un no correspondido saludo de buenas tardes de la única persona que allí se encuentra. Me incomoda. Clavada en el agrietado sillón, me alío con su confort y me relajo. Fijo entonces mi mirada en la que cree que lo cortés está en desuso, para decirle en silencio lo que pienso sobre sus escasos modales. Observo cómo observa lo que yo no miro hasta que el timbre de su móvil me substrae del encantamiento. Evito mirarla para dejar de escucharla. Me cuesta.
De fondo, el zumbido de abejorro de su voz al teléfono; en primer plano, mi voluntad de ensimismarme en algún quehacer que me separe de ella lo que disto de su persona. Como por inercia, me reclino a coger una de esas revistas que sólo me apetece mirar cuando estoy en el dentista, y la hojeo. Mi repaso insulso se detiene por un titular que dice: “Sordomuda consigue su sueño de ser modelo”. A medida que leo por encima lo que el reportero ha escrito hasta llenar las 2 hojas encomendadas, hago mi peculiar trascripción sobre lo que no se dice. Observo a la modelo cómo me mira a través del papel couché y cómo me da las buenas tardes con una cordial sonrisa. Está feliz y me lo contagia, decapitándome cualquier reflexión sobre su entusiasmo por ser arquetipo de belleza en una sociedad tan frívola. Entonces, y llevada por la presencia de la que ya me cae definitivamente mal, me entra una paranoia que no quiero controlar: imagino que doy la vuelta a la revista vigorosamente, asiéndola bien fuerte por ambos extremos del artículo, y, poniéndome en pie, exhorto todo el fuego que sale por mi boca. Le recrimino a grito pelado cómo puede ser que alguien resulte cordial y agradable a través de una maldita foto y sin tener capacidad auditiva, ésa que tan bien sabe malgastar ella en panochadas telefónicas que no hacen más que ensordecer ( todo ello mientras le señalo la foto de la escultural chica y le salpico con mi baba por la misma excitación del momento).
Termina de hablar y coge una de las revistas que, amontonadas en la mesita central, esperan ser inspiración de perturbaciones mentales. Yo deposito la mía dando por finalizada su inspiradora lectura. En ese momento, la misma mujer mentolada de antes, me llama por mi nombre para que acuda a mi segunda tortura de la tarde.
Ya levantada, y con un pie fuera de la sala, le digo con voz seria dirigiéndome a la cotorra:
“Hasta luego Lucas”
Recorro el pasillo de vuelta sonriendo al imaginar su cara descompuesta. Recuerdo también la otra frase que se me quedó en el tintero, aquella que iba sobre las muelas y que también decía Chiquito, y entro del todo animada a otra de las habitaciones adaptadas para la consulta del dentista, esta vez para que me maten el nervio…
Y me harté de verte después de mucho escucharte.
En la radio sonaba tu Lola como brisa de aire fresco en el panorama comercial. Bajé tus restos husmeando en Internet y en las Navidades del 2004 me los regalé.
En febrero del 2005 seguí tus huellas hasta el Faktoria de Terrassa y allí, en un ambiente fumeta y relajado de una treintena de personas, te descubrí. Recuerdo cómo, a un par de metros de mis narices, escenificabas tus letras y me las cantabas, por qué no, a mí.
Desde entonces, me has acompañado en coche hasta el trabajo con el aperitivo de las doce, he limpiado la casa como una auténtica mirona, me he duchado con tu mentira, y me reconcilio conmigo cuando no se puede más.
Espero que te dejes ver pronto para escucharte lo nuevo y sentirlo como eterno.
Y es que necesito reír. Cuando estoy sola no dejo de hacerlo, a expensas de que algún vecino se haga una idea equivocada de mí. Cuando algo me preocupa, una mueca se dibuja en mi cara, desafiando la gravedad de los músculos faciales que se empeñan en arrugar mi barbilla. Cuando algo quiero aprender, sonrío como pidiendo tiempo a lo que no acabo de entender. Los nervios son los aliados por antonomasia de mis carcajadas, primas hermanas de mi risa y hermanas de sangre de mi alegría, esa que a veces me abandona dejando sin amiga de patio a la sonrisa, que perpleja se pinta como de costumbre en mi cara. Pero como guiada por la sinrazón, y antes de que mi expresión se humedezca por gotas de desesperanza, vuelve como se fue, secando mis ojos con algodones de tranquilidad, iluminando mis encías para prepararlas a escena, y haciéndome reír con la misma naturalidad de su existencia. Entonces el absurdo de la tristeza desmedida, de la preocupación excesiva, de la pena pasada, se evapora, dejando tras de sí un vapor que abrillanta mis ojos y humedece mis labios que se estiran sonrientes lo que dan de sí.
Me ha encantado este paseo iniciado en noviembre del 2006 por un camino deambulado desde siempre pero no escrito hasta entonces. Volveré a recorrerlo, esta vez de vuelta y recordando la sonrisa que en él se queda grabada.
Agradezco los ojos que siguieron su lectura. Nunca pensé que interactuar con otras almas fuera tan enriquecedor.
Muchas gracias a todos.
Yolijolie.
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