|
| El Rastrillo |



|
|
| Technorati |
|
|
|
|
|
|
|
|
|

Obra bajo licencia de Creative Commons.
© Yolanda Montesinos L., 2008.
Se muestran los artículos pertenecientes a Septiembre de 2008.
Tengo que irme a dormir. Pregunto la hora y me dicen la misma de ayer. Sin sueño acato la orden, tomada como sugerencia, y me voy contenta. Agarro la almohada del cabezal como salvavidas y embuto mi diminuto cuerpo por el hueco que queda. Sin deshacer la cama consigo sumergirme bajo las apretadas sábanas arremetidas por los lados y me siento prisionera de los sueños que están por llegar. La falta de aire me hace salir a flote y tomar posición. Las prácticas de buceo dan paso al desfile militar. Irgo mis brazos a lo largo de mi cuerpo y estiro las piernas, convencida que así crecen más. La luz del techo permanecerá encendida por unos minutos, tiempo que dedico a la reflexión sobre el más allá. Y pienso en el año dos mil, y me veo como astronauta, médico o ejecutiva de alto nivel, y pienso en el hijo que algún día tendré al que enseñar todo lo que aún está por aprender, y en mi secreto, que para entonces empezará a evidenciarse: que soy inmortal.
Una voz adulta entra al cuarto y me besa. El despegue hacia tan ansiado estado catatónico empieza. Me induzco el sueño imaginando una espiral de colores que no para de girar y que sigo con los ojos cerrados.
En un chasquido de abrir y cerrar me despierto. Me rebozo en la cama hasta quedar presa por mis aplastados brazos. Permanezco inmóvil. El pelo cubre mi cara pero atino a ver por entre la cortina de mechones y comienzo a fisgar en tercera persona mi propia vida. Acierto a ver objetos familiares pero diferentes a los que dejé. Y es que han pasado treinta años pero parece que fue ayer.
Empieza a amanecer.
Un trozo de cielo negro comienza a deshacerse en mil pedazos sobre mí. El pelo de mi cabeza se cuartea en gruesos mechones que, asustados por el fortuito ataque, se abrazan a mi cara como un pulpo adherido a la presa que no quiere dejar escapar, dejando a la suerte de dios a unos pendientes que parecen pesar el doble. Las uñas rojas de unos pies encharcados me miran avergonzadas de su aspecto carnavalero en un día tan lúgubre y se esconden fugitivas como las pezuñas del gato montés que nunca tuve. Tengo frío. La camisa empapada moja mis permeables prendas interiores y me siento incómoda. En un gesto de compunción, cruzo mis brazos y cuelo mis manos bajo el escote hasta alcanzar a tocar una piel áspera y fría que agradece su calor. El trueno que estaba por llegar se deja oír ronco por la humedad que arrastra y marca el pistoletazo de salida. Echo a correr y mi cuerpo, temeroso, me acompaña. Mi gesto es entre aturdido y alegre por las muecas que las molestosas gotas me hacen tomar. El aire va traspasando sin permiso mi ropa mojada envolviendo a su paso todas mis articulaciones como un tirante y transparente celofán que quisiera empaquetarlas para ser transportadas con mayor compacidad. El bloque de hielo en el que me he convertido me comporta, sin embargo, una flexibilidad inesperada que me hace defenderme con soltura de la intermitente realidad que me golpea. De repente, uno de mis pies desaparece en un profundo charco de barro que se agazapaba bajo el mullido suelo, engullendo la parte posterior de mi chancleta. Mis festivas uñas, ahora enlutadas, piden auxilio. Haciendo contrapeso, intento desenterrarlo pero caigo de costado arrastrada por el peso de mi bolso engordado. Una temperada arcilla comienza a embadurnar de apoco mis derrumbadas piernas y calma las punzadas de la incesante agua vertical. Estoy sola. Con ahínco giro como puedo el medio tronco libre pero el cansancio se alía con mis embalsamadas extremidades y me rindo, cayendo precipitadamente de espaldas al barro. Me observo. Únicamente mi cara sobresale de la trampa que el destino había urdido para mí. El resto de mi cuerpo se apacigua bajo la calma del subsuelo.
Al poco deja de llover, y el cielo negro se abre con la soltura de un telón. Sobre el tablado un hombre con casco se asoma a mi campo de visión pero el cegador escenario sólo me deja perfilar su barriguda silueta. Me habla sin cesar, gesticulando con todo el cuerpo, pero lo escucho con la misma dificultad que si estuviera haciéndolo desde el final de un largo tubo por el que a la vez debiera observarlo con el mismo aprieto con el que miraría los hilos incandescentes de una bombilla. De repente se va con premura y me quedo sola. Me observo. Únicamente mi cara sobresale y el resto de mi cuerpo se entumece, bajo la dureza del suelo.
Me he quedado cementada en medio de una obra.
Plantilla basada en http://blogtemplates.noipo.org/